Sensation No. 5

Acción. Movimiento. Creación. Guitarras. Raros peinados nuevos. Vamos a bailar y que se joda todo lo demás. Todo.

Somos demasiado siglo XX, chica. Seguimos creyendo en la música de guitarras discordantes. En canciones pop de tres minutos. En discos viejos de plástico negro, tan pequeños que caben en tu bolso. En la velocidad. En que una canción puede decirlo todo gritando. Todo.

Somos tan siglo XX que resulta hasta un poco patético. Vamos por ahí con nuestros flequillos, nuestros jerseys negros, tejanos estrechos, gafas; ahora que enfría una trenka, una parka, un abrigo encontrado en una segunda mano decente. Zapatos bien elegidos. Una canción en la cabeza, en las manos, en la boca. Cantando himnos elusivos, no impuestos.

Hablamos del blues, porque aún lo sentimos cuando duelen la panza y el corazón; hablamos del soul porque no hay otra cosa, body and soul and mind and ass… Hablamos del jazz porque swing, ergo soy; del ritmo, preciso, incesante, mueve-los-pies así; del ruido, primordial, visceral: lo uno y lo plural, el espanto y el placer. Sibaritas del beat. Dandies (entre basura) de la lisergia y las guitarras Rickenbacker y los estribillos y las letras combativas. En mi habitación hay una mayor revolución que en todos sus golpes: en mis discos de plástico negro, los pequeños que caben en tu bolso y los grandes que cargamos bajo el brazo como libros de texto que sí funcionan, armas de la Mind Guerilla; en mis libros, llenos de íconos pop, de nombres, de Andrei Rublevs del XX pero con nombres pop en noruego, en sueco, en japonés, en inglés; de color, de conjuros funcionales, de Allens, de Salingers, de Dharma Bums, de Fischers, de Wolfes, de Artauds, de Rimbauds, de Spiegelmans, de Baileys. De Mel Ramos y Warhol y Keith Rylatt y guías para el viajero intergaláctico y catálogos de discos y libros sobre cine viejo.

Somos muy siglo XX, chica, porque –gracias a Otis– no hemos perdido nuestro sentido del asombro. Y lo mismo nos va el peinado genial de esa chica que cruzó la calle que ese disco encontrado en un bazar; lo mismo ese genial aparador que esa canción que da sentido al día, verso-coro-verso, ese Hammond que siempre entra a tiempo por más que le retemos y esa voz negra, inimitable, eufórica, obra de arte de belleza casi demoníaca que (por suerte) un micrófono recogió. O esa película, blanco y negro, lenta, esas caras esas manos esa boca esas palabras o aquella otra que vivimos ante la gran pantalla, technicolor, frantic, pura felicidad.

Estamos fuera de lugar en este sanatorio, orates que no saben escuchar, majaras que creen tener la razón porque llevan la camisa limpia, imbéciles que ya no tienen tiempo para un buen disco, una taza de té, una canción de Action Painting!, un buen follón. No entienden el Groove. No entienden la maldita adrenalina (o lo que carajos sea) de esa línea de bajo de James Jamerson. No entienden cómo todo puede irse a la mierda cuando canta Syd Barrett, voz quebrada, colocada, glorioso monoaural reventando los parlantes.

Somos muy siglo XX, lo siento, porque aún se nos da llorar. Y lo hacemos, qué putas importa, sólo por ese acorde, sólo por ese concierto, sólo por ese recuerdo; ritmo y blues, ritmo y blues, ritmo y blues. Y tú, toda la noche girando –a veces llorando porque no podías soportar que esa voz fuese tan perfecta, a veces bebiendo de tu escocés ya casi tibio, a veces gritando porque era lo único que se podía hacer– y levantándote por los aires como un balón pateado por Cruyff, como un enceste de Bird, como un home-run de Babe Ruth; y luego buscando abrir la puerta de casa, muy de mañana, el ritmo aún latiendo en la cabeza el corazón las tripas y durmiendo como un piano abandonado, olvidando todo, para despertar y portar (en domingo, claro) ese jersey de rugby –rayado dónde está Wally, rayado prisionero de película muda, rayado de dulce de menta, de equipo de ensueño– y andar por la cocina preparando café y poner a girar ese elepé de Muddy Waters. Porque tienes el blues, el blues, porque anoche se ha acabado y ya no suena Brenda Holloway. Y pones tu cara de Anna Karina triste, los ojos de sapo de Buster Keaton queriéndose salir de puro blues, extrañando la sbornia inmaculada del weekend, las salas de cine vacías, los bazares, las librerías de viejo y gato, las salas ajenas –con tocadiscos– llenas de singles de Motown y de grupos escoceses que cantan sobre teatro y nueva ola, los pretensiosos. Pretensiosos nosotros también, un poco. Un mucho. Qué más da.

Somos los chicos de los discos, los del sábado, the fashion of the outcast, los que aún pegan afiches en sus habitaciones (realmente pequeñas), los corbatos, los polvorientos, La Pinta Completa, los padrinos, los justicieros del ritmo; somos La Vieja Ola, sha la la, el Underground de Mediodía, el último grito, los principiantes absolutos, La Próxima Cosa Grande, los likely lads, eternos teenagers con fiebre, secret agents, Modernistas, héroes.

Chica, ya hablé demasiado. Vamos a bailar. Me gusta esta canción.

-Esteban Cisneros, 10 de noviembre de 2010.

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