Bitácora monomaníaca. Apuntes de un dandi del Tercer Mundo.

por Esteban Cisneros

Publicado originalmente en el Fanzine del Cerdo Violeta, No. 1 (Apocalipsis, ¿ahora?), León, México, enero de 2012.

http://cerdovioletafanzine.blogspot.com/

El muelle.
Apocalipsis, ahora.

París, destrozado por la guerra atómica. Un mundo subterráneo, debajo del Palais de Chaillot, donde aún es posible la vida. ¿La vida? Instinto de supervivencia, como hormigas que viven en las entrañas de Trocadéro, en sus galerías subterráneas que aún sangran de otros cataclismos: Adolfo, el nazi (junto al arquitecto Speer), fue retratado ahí mismo con la Nariz de París de fondo, la torre Eiffel, mientras recorría una ciudad devastada, confiado y soberbio. Pero de eso ya hace mucho tiempo. Los científicos que han sido salvados conocen las nociones básicas de los viajes en el tiempo (permaneciendo en el espacio), recordando que alguna vez en el mundo que ya no existe vivió un egresado nantés del Saint-Stanislas que se apellidaba Verne. Experimentan con cobayas humanas, no queda más, de cualquier modo siempre ha sido así. El objetivo, dicen, es noble: enviar caminantes-del-tiempo al pasado y al futuro para salvar el presente. O para mantener hegemonías, así es el ser humano. Los expedicionarios deben ser de una fortaleza mental capaz que soportar el choque cognitivo de encontrarse en otros lapsos. Muchos han muerto en las pruebas. Los que viven son ahora dementes.

Hay varios prisioneros guardados entre los restos de esculturas de Delamarre, croix de guerre, de Sarrabezolles y de Bottiau. El hombre tiene una necesidad enferma de poder y ni siquiera tras la Colosal Explosión puede haber igualdad ahí debajo, en las cavernas. Uno de ellos es elegido por sus visiones lúcidas del pasado, que tal vez contó a algún otro cautivo o que posiblemente pintó o escribió en alguna pared, muchos pies debajo del pasto de lo que ya no son los Jardines del Trocadéro: recuerda a una mujer en un muelle de abordaje del Aeropuerto de Orly, al sur de la capital. Es una memoria lejana, como si se tratase de un sueño, pero la sensación es real y la sangre dice que así fue: un hombre corriendo detrás de otro, un disparo, la mujer apenas a unos dedos de distancia. Y ese semblante delicado ya no se fue jamás de la cabeza de este sobreviviente de La Gran Catástrofe que ahora yace convulso y azorado en un furtivo laboratorio en el subsuelo, donde la radiación no alcanza a penetrar. Él era apenas un niño cuando eso sucedió.

Los científicos, sombras siniestras como de linterna mágica, le sacan de su celda y le llevan a uno de los compartimentos resguardados de la sede central, casa de la hormiga reina. Le conectan a un aparato del que Meliès mismo estaría orgulloso y le piden pensar. Le inyectan. Le piden soñar. No es tan fácil. Son varias noches vehementes sin poder crear una sola imagen.

Un día, por fin, recuerda con lucidez. Todo está siendo registrado en tremendas máquinas. Se vigilan sus signos vitales. Y ahí está él, en el pasado, buscando esa cara por las rúas de París. Qué ciudad era aquella antes de la Guerra de Guerras. Niños de verdad. Aves de verdad. Tumbas de verdad. “De allí es de donde vengo.” Pasan semanas y meses de sueño controlado, de ir entre la caverna platónica y la clínica donde todos los días se repite el procedimiento. Un día la encuentra. Habla con ella. Pasea con ella. Se encuentran, tras varias albas, en el Musée d’Histoire Naturelle, pisando las huellas de Lakanal y Chevreul, contándose su historia. Poniéndose al tanto de cómo iban los tiempos de paz. La visión se ha hecho realidad. Allá afuera, en las platónicas cavernas, los científicos se dan cuenta de lo poderoso de las imágenes y se han dado cuenta de que tienen al espécimen perfecto. Lo hacen regresar.

Misión cumplida, hombre. Es hora de intentar ir hacia el futuro. Ahí hay una sociedad que ha evolucionado con tecnología. Ellos tienen La Respuesta.

Los seres ulteriores saben que va a ser ejecutado a su regreso al presente al entregar La Gran Solución a sus captores. La única opción es ayudarle a volver al pasado, a ese tiempo en donde Gautier y de Maupassant aún tienen sentido. Y a ella.

Ahora está en el Aeropuerto de Orly, de nuevo. Como cuando era niño. Otra vez en ese recuerdo, viviéndolo. Se acerca al muelle. La ve. Es ella. Va hacia ella.

Pero alguien del presente que ya no es se ha infiltrado y le persigue. Sus raptores le quieren muerto.

Están acostumbrados a vencer.

Un hombre corriendo detrás de otro, un disparo. La mujer apenas a unos dedos de distancia. Y ese semblante delicado ya no se fue jamás de su cabeza le mira y le extiende la mano. Él ha recibido el disparo. Y se ve allá lejano, siendo un niño aún. Y lo entiende, entonces, todo.

Su recuerdo era un recuerdo de su propia muerte.

(La Jetée. Dirigida por Chris Marker, 1961. 28 minutos. Producida por Anatole Dauman. Vista por primera vez en Montreal, 2002. Anotada en algún momento de 2005, tras descargarla ilegalmente de algún lugar, en francés y sin subtítulos. Revisado a principios del 2012 tras verla en pésima calidad en YouTube.)

Hiroshima, Mon Amour
Ciudad de cerámica, Nevers. Ciudad de cenizas, Hiroshima. En 36 horas sucede una vida. En apenas 9 segundos se termina. Un bar (¿esta ciudad nunca duerme?), un sótano, las trincheras, los aviones. Dos cataclismos. La cámara sosegada de Resnais, el blanco y negro de Sacha Vierny y Michio Takahasky. La película dentro de la película, algo que siempre me ha gustado, parece fascinante. Siempre deseo poder ver la película dentro de la película. Nunca he podido ver ninguna, ni siquiera en sueños.

A 14 años de la Bomba, no había cicatriz aún. Ya estamos en el XXI y aún no cierra. Cómo podría.

La banda sonora de Georges Delerue y Giovanni Fusco me gusta demasiado. Emannuelle Riva, poetisa, actriz, fotógrafa, es un personaje perfecto. Riva estuvo tomando fotos de la ciudad durante el rodaje. Ahora son un libro. Eiji Okada, minero y vendedor milleriano, es su contraparte perfecta. El primer gran personaje de la Nueva Ola fue japonés.

Y el guión de Marguerite Duras debería ser preservado para siempre. Por cosas así es que duele que el mundo vaya a terminar. ¿Dónde quedarán todas las cosas que nos gustan?

Rueda de la fortuna.
Sin principio, sin final. El continuum, el infinito, el eterno girar.

Tú sabes, para los niños:

Boecio. Tu favorito, Ignatius. “La inconsistencia es mi esencia”, dice la rueda. “Levántate en mis ratos si quieres, pero no te quejes cuando seas devuelto a las profundidades. Los buenos tiempos se van, pero también los malos. La mutabilidad es nuestra tragedia, pero también nuestra esperanza. Los peores tiempos, como los mejores, están siempre yéndose.”

Nick Garrie. Mi favorito, Ignatius.

Big Bill se fue a la feria para pasarlo en grande (su botella de vino barato.) Lo único que le hizo abandonarse fue la rueda de la fortuna. Cuando pagaba su sixpence al hombre del horrible abrigo veía la rueda girando y el miedo lo agarró del cogote. Se subió a su canasta y supo que esta sería una noche de vértigo. Pero un reto era un reto. Y la feria se ve distinta desde allá.

Todo se ve distinto desde arriba. Pero cuando bajes, Big Bill, estarás mareado.

Mi nombre es Stanislas. De eso estoy seguro.

Memorias de la Vieja Ola.
Saludos, Sr. Morales. El videódromo sigue abierto. Y aún se escuchan por la ciudad ecos de sociedad.


¡Hurra para el Capitán Spaulding!

Hola. Debo irme.

Fragmento para una posible novela.

Al final, todas las películas que he visto se irán conmigo. Es lo único. He escrito poesía con palabras ajenas durante toda la vida.

Al final, todo ese tiempo perdido ante una pantalla servirá de nada. No se puede redimir y no hay marcha atrás. Lo visto, visto está. La vida pasó afuera y yo preferí quedarme en la oscuridad del ritual del cine, padeciendo cada cuadro.

Al final, nada importa, ni siquiera las 600 películas en un año. Porque ya no habrá nadie con quién discutir a Luis Buñuel o al Indio Fernández. Ellos, al menos, antes de irse dejaron películas. Yo, antes de irme, sólo las habré visto.

Al final también vi películas extrañísimas para no discutirlas con nadie, para superarme a ojos de nadie y sólo por hacerlo. Sé más de cine que cualquiera pero eso tampoco es sustantivo. En mi lápida no aparecerán las cinco estrellas que le di a Valerie and her Week of Wonders ni la estrella y media que, para mí, mereció El libro de cabecera. Los míos no me recordarán porque podía recitar los diálogos de Withnail and I o porque podía recitar, cronológicamente, todas las películas de Chabrol, incluso el trabajo conocido de Meliès. Mi rabieta tras perder mi tiempo y mi dinero en cientos y cientos de películas se habrá quedado en sólo eso, en una nimiedad cósmica; lo mismo mis lágrimas más sinceras al final de Annie Hall, el nudo en la garganta en casi toda la segunda mitad de Peppermint Frappé o la carcajada insuperable en esa fracción de segundo de Las 7 caras del Dr. Lao: ya no son absolutamente nada. Cero. Ni siquiera cero. El vacío total.

Al final todo fue inútil.

Al final lo pasé como nadie.

* * *

Sonidos del fin del mundo: Sr. Cooper’s top 13:

1. Wheel of Fortune – Nick Garrie
2. Waiting for the End of the World – Elvis Costello
3. All in All (This One Last Wild Waltz) – Dexys Midnight Runners
4. Deep Shadows – Little Ann
5. Life’s A Bitch – Nas
6. Love II – The house of love
7. Eve of destruction – Barry McGuire
8. Once upon a time there was a world – Kaleidoscope
9. Kick out the jams – MC5
10. Bubbles – The Free Design
11. Because you’re frightened – Magazine
12. I love her so much (it hurts me) – The Majestics
13. All things must pass – George Harrison

2 pensamientos en “Bitácora monomaníaca. Apuntes de un dandi del Tercer Mundo.

  1. Pingback: Bitácora monomaníaca III. Apuntes de un dandi del tercer mundo*. | sonnigetage

  2. Pingback: Yo y los Beatles, el burro por delante (Parte 2) | Mongo

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