“Decían que Elvis era el diablo, ¡y todos querían ver al diablo!” Una conversación con Jorge Aguilera, de los Free Minds. PARTE 1.

ENTREVISTA 07 cut

por Esteban Cisneros

Publicada originalmente el El Heraldo de León el 6 de diciembre de 2014.

Si eres de León, tienes que saber de los Free Minds. Fueron el grupo local más exitoso de los años 70. Escribieron material original, tenían un sonido macizo y conocieron buena parte del país; no fueron gigantescos, pero debieron serlo. Se merecen una página en la historia del rock nacional y si no se la damos nosotros, ¿quién lo hará? La provincia suele no registrar sus historias porque prefiere contarlas en barras de bar, en cafés y en esquinas, pero hace falta que la letra quede impresa. Porque lo vale. Porque estas historias son nuestras, pequeñas o grandes.

Había querido contactar a Jorge Aguilera, cerebro y corazón de los Free Minds, desde hace algún tiempo. Y lo logré al fin. Nos citamos para platicar y vaya que lo hicimos, remojando el cogote con Torres 10 con Coca-Cola (él) y birra estilo Viena (yo.) El tipo, a pesar de todo lo que ha visto, es afable y dicharachero, un tío de voz ronca que se fuma uno tras otro y mantiene el cool de aquella adolescencia dorada, como él mismo la llama. Es médico, sí, pero antes que nada es músico porque la música es lo que ama. Nuestra conversación se extendió, felizmente, por horas. Entregaremos en estas páginas una transcripción de lo mejor de nuestra conversación que, también felizmente, fue casi un monólogo de Jorge. ¡Que hable! Aquí la primera parte. Disfrutad.

Jorge Aguilera, de los Free Minds… ¡Por fin! ¿Qué fue de ellos?
Los Free Minds fueron una historia como de novela. Fueron una cosa bien extraña, bien rara. Porque fue un grupo que duró solamente dos años y medio o tres años, pero ensayábamos ocho horas diarias. Nos escuchábamos muy aplicados. Le pusimos todo, esa es la realidad. Pero era una época en la que había mucha libertad. Nosotros no movimos un dedo. Vinieron los de Orfeón a mi casa a contratarnos. “Oye, ¿tú eres Jorge? ¿Qué tienes un grupo sensación? Los queremos oír”. Y sí, pásale. Y nos dijeron: “la semana que entra tienen grabación en el estudio, les mandamos viáticos.” Fue una cosa bien extraña.

En México todo se hace mal. Y luego ya entramos y tocamos las rolas que yo tenía originales. Y nos dijeron: “pues, ya, váyanse a la foto.” ¿Cómo que a la foto? “Sí”, nos dijeron, “ya están las canciones grabadas.” Se grabaron en vivo en tres horas en la Avenida Universidad en los estudios de Orfeón. Y sacaron las fotos que conoces, ahí en unas ruinas cerca de los estudios.

¿Cómo nace en Jorge la obsesión, la Obsesión, por la música?
Desde que estaba muy chico en mi casa se oía música todo el día. Mi hermana era bailarina de clásico y le iban a dar clases en la mañana y se escuchaban las Sílfides y el Cascanueces desde que yo tenía tres años. Yo despertaba oyendo esa música. Hasta soñaba en colores, ¡música tan bonita! Mis hermanas eran consentidazas de mi papá, que fue un hombre muy exitoso y triunfador: licenciado, notario, industrial de aquí de León. Yo era niño popis. Teníamos una casota de mil metros en la Calzada. ¡Todavía está! Mi hermana se quedó con esa casa.

A mis papás ni los veíamos, nosotros crecimos solos: mi papá todo el tiempo viajando de negocios y mi mamá, dama de sociedad, nomás jugando a las cartas. Nos tenían ahí con la nana. “¡Ponles los discos!”, le decían, “que ya con eso los apendejas y no dan lata.” Y sí, ahí nos tenían oyendo los discos. Se nos hacía como magia ver aquellos discotes negros. “Ponte la balalaika, Glenn Miller, Pérez Prado, los valses de Strauss.” Y ahí nos tenían hipnotizados. ¡Aquella música me encantaba! A mí me gustaba mucho Glenn Miller, era mi favorito. Y de mambo me gustaba Pérez Prado, aunque me parecía muy estridente. Ahí hasta las criadas bailaban el mambo (creo que uno se llamaba Isidora.) Nos entretenían bailando.

photoEmpecé a comprar en disquitos de 45 todas las canciones que me gustaban de Glenn Miller. Y un día mi papá me cambió del Lux (¡yo era del Lux!) a la Prepa [Oficial], donde conocí de todo, de mero abajo hasta en medio (de arriba, claro, no había.) Mi inicio de la música fue ahí: si me hubieran dejado en el Lux yo me habría tardado no sé cuánto, porque ahí es una burbuja. En la Prepa resultó que un día estaban unos güeyes hablando de Elvis. Yo: “¿Y quién es Elvis?” Y ellos: “¿Cómo que este pendejo no sabe quién es Elvis?” Yo tendría 11 años y ellos 13, 14, 15… Y el otro cabrón me dijo que acabando las clases íbamos a su casa (vivía a la vuelta.) Le decían Memo “El Grillo.” Y puso un disco de 45. ¡Era El rock de la cárcel! ¡Me di una acalambrada! “¡Eso está divino, mano!” Esa canción ya incluso había pasado de moda, porque ya era como 1960 o 61. ¡Ay, cabrón! Me quedé impresionado. Y el Grillo nomás tenía dos discos de rock, ese de Elvis y el Tutti Frutti de Little Richard. Llegué con mi mamá a pedirle veinte pesos. “¡Necesito veinte pesos! ¡Rebájemelos, démelos!” Me vio tan desesperado que me los dio y me fui corriendo al centro a donde las tienditas de discos. Llegué: “¡Quiero un disco de Elvis, de Elvis, de Elvis! ¡El rock de la cárcel!” Y el chavo de la tienda me dijo que esa ya había pasado de moda, que la que tenían era El rey criollo. Era la última película que había grabado antes de irse al servicio militar. Y lo compré.

Curiosamente, al otro lado de mi casa, los hermanos Arévalo tenían un disco de Elvis pero su papá les dijo que se deshicieran de él, porque era el diablo y estaba prohibido por la religión. Yo vi que lo traían y les ofrecí comprarlo. No hizo falta: me lo dieron, por lo que les dijo el papá. Era el Disco de oro, uno rojo grandote, y me volví loco. El rock siempre ha sido de alguna manera contestatario, iba contra las tradiciones. Elvis era un fenómeno porque era un estilo totalmente nuevo, con sus patillotas, moviendo el culo. “¡Es el diablo”! Y aparte de que cantaba bien chingón, era carita y era varonil. Decían que era el diablo, ¡y todos querían conocer al diablo!

En México lo prohibieron pero acá en provincia no. Hasta llegaron sus películas. Y luego empezaron a salir los grupos mexicanos con puros covers horribles. Comparas eso con lo original de Little Richard… ¡son una porquería! Sólo por ahí los Locos de Ritmo hacían cosas originales. Pero hubo un grupo, los Blue Caps, hicieron una de las canciones más hermosas de la época: Vuelve primavera. ¡Es extraordinaria, preciosa! Yo la toco con mi grupo y me preguntan si esa es nueva. ¡No!

Hablando de los Locos del Ritmo, tuviste alguna relación con Manuel Reyes “el Che”. ¿Cómo fue aquello?
Él fue mi director artístico. Ya los Locos se habían separado y él estaba de director artístico en Orfeón, y como era rockero, lo pusieron a que nos dirigiera. Él fue el que dijo: “ya así sale el disco.” Y él sabía, así que no dijimos nada.

Elvis fue impactante. ¿Y los Beatles?
El primero que tocó música de los Beatles aquí en León fui yo. Después de que estuve en la Prepa, mi papá me sacó, porque yo ni iba, nomás me la pasaba tocando. Después de Elvis sólo quería tocar la guitarra. Mi vocación se veía ya: tocar y tocar. Y mi papá me regresó al Lux para poderme controlar otra vez; ahí armé un grupillo de rock. Un día, Toño Battaglia se fue de vacaciones a Estados Unidos y regresó con un disco de unos chavos que, me decía, habían vendido un montón de discos en diez minutos. “Yo no sé de música”, me dijo, “pero yo lo compré y aquí está.” Era el sencillo de I Want To Hold Your Hand. Me lo dio. Lo escuché y pensé: “¡Ah, cabrón! ¡Qué raro suenan estos!” ¡Sonaban como nadie! A la primera los oías raro, con esas voces tan arriba. Y a la tercera o cuarta, decías: “¡No mames! ¡Son sensacionales!” Nadie los conocía acá. Fue una locura de Battaglia, porque el disco acababa de salir en Estados Unidos.

¿Cómo aprendiste a tocar?
Mis hermanas quisieron aprender guitarra y las compraron, pero ni aprendieron. Y ahí dejaron las guitarras y las hojas con las bolitas para poner los dedos. Y aprendí. Empecé a querer formar un grupito en la Prepa: puros chavos hijos de madres solteras, divorciadas, del tercer mundo. Los que tocan siempre son gente que ha sufrido, marginada; me junté con ellos y mi mamá puso el grito. Pero yo me juntaba con ellos, los invitaba a mi casa y se volaban todo lo que tenía, hasta mis discos. Al final, troné con ellos. Luego me metí con un grupo de San Pancho con Pascual Aceves, hijo del doctor Aceves Barajas, muy guapo y muy bueno con la guitarra. Con él aprendí más. ¡Eran novedad los grupos de rock! Hacían fiestas donde quiera para que tocaras: festivales de El Heraldo, del Sol, en casa de fulano… Sacábamos alguna lana. Yo entré al Lux como desconocido, puro niño mamón, ¡qué castigo me dieron! Y hubo un cumpleaños del padre Vértiz, que era el rector. Preguntaron si alguien tocaba algún instrumento. “¡Yo, yo!”, grité luego, luego. Me vieron tocar y cantar a los Beatles y me hice popular en un santiamén. ¡Todos me querían invitar! Era otro mundo. Y luego terminé en las quermeses del América, del Jassá, en la casa de las Carmona, de los Battaglia. No parábamos de tocar. Desde entonces nos querían grabar, pero nos dio miedo, ¡estábamos bien chavillos! Y ya teníamos música original en español, pero no nos animamos. Esa música se perdió.

Terminé el bachillerato y le dije a mi papá que yo quería estudiar música. “¡Ni madres!”, me dijo, “¡tú vas a estudiar medicina!” Mi mamá siempre había querido que uno de nosotros fuera doctor. No es que odiara la medicina, yo tenía curiosidad intelectual por el cuerpo humano. Pero mi vocación era la música.

Y ya ahí en la escuela de medicina me dio vergüenza. ¡Me sacaban de clase! Y me puse a estudiar, por dignidad, por amor propio. Nadie creía en mí, ¡se reían! Pero de noventa, pasamos veinte al segundo año. Y es una locura. A mí me traían ganas todas, porque traía el pelo largo y mis pantalones psicodélicos… “¡Va a poner en vergüenza al gremio médico!”, decían.

LEER PARTE 2.

C/S.

Fotografía de la entrevista: Rafael Cisneros

Un pensamiento en ““Decían que Elvis era el diablo, ¡y todos querían ver al diablo!” Una conversación con Jorge Aguilera, de los Free Minds. PARTE 1.

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