Thor with a Moog: crecer como un prog.

por Héctor Gómez Vargas*

Ha muerto Keith Emerson. Con la noticia de su muerte he ido comprendiendo algo que parece muy simple pero que no lo es: la cercanía de la música de Emerson, Lake and Palmer a lo largo de mi vida desde que era un adolescente y hasta el presente.

Me explico:

Desde que era un chaval los he escuchado y han sido parte de La Discografía Personal, pero en las últimas décadas los he escuchado de continuo porque de repente caigo en cuenta de la extrañeza de su música (y me genera una añoranza por ella.) Quizá lo pueda decir mejor con un ejemplo de la literatura: hay ciertos autores cuyas obras no necesariamente me han impactado o han cambiado mi vida o mi forma de ver las cosas, pero con la lectura de sus libros he podido ingresar a un ambiente emocional y cognitivo -podría decir que igualmente corporal- que han creado con sus historias y que se han incorporado en mí en forma de ciertos estados de ánimo que me dicen algo de mí. Quizá por ello con el tiempo los extraño como si extrañara algo de mi infancia, de mi adolescencia, como una casa que hubiera habitado en otro tiempo. Es el caso de los libros de Paul Auster, Haruki Murakami, Nick Hornby, Raymond Carver y Kazuo Ishiguro, que de tiempo en tiempo vuelvo a leer para sumergirme en esos mundos que han creado y que me tocan de alguna manera, que me hacen saber por sus ficciones algo de mí, de mi mundo, del mundo que me rodea.

Con la muerte de Keith Emerson me doy cuenta que de manera regular ha sido importante para mí regresar a su música y entrar en distintos espacios sonoros que crearon a lo largo de los años, estancias en las cuales algo de mí encontró un lugar y que de continuo me es necesario regresar y permanecer por días ahí. Es por ello que cuando siento que es tiempo de escuchar a Emerson, Lake and Palmer (ELP) me digo que “ya toca” y durante tres o cuatro días (o más) escucho uno o varios de sus discos. Me doy cuenta de lo cercana que su música ha estado a mí, lo familiar que son sus sonidos para mí: la voz de Greg Lake, la poética de las percusiones que llega a crear Carl Palmer, la explosión de los teclados de Keith Emerson, una santísima trinidad (por llamarla de algún modo) de lo que llegaría a ser conocido como la Música del Rock Progresivo.

Pero no solamente caí en la cuenta de esa cercanía con ELP, sino que a través de su música pude ingresar a un nuevo mundo y a una nueva etapa de mi vida: la adolescencia. Por ello, y como expresa Tom Junod en su colaboración en el libro Yes Is the Answer and Another Prog Rock Tales, “I grew up prog”. Sí, el rock progresivo fue la música que me acompañó en el tránsito de la infancia a la adolescencia y puedo decir que es una de mis marcas distintivas no solamente de mis gustos musicales, sino de mi sensibilidad, de mis formas de pensar y de mi capacidad y voluntad de entender muchas cosas. Cuando era niño y comenzaba la pubertad, algo que me ayudó a atravesar ese mundo que se desgarraba en mi interior fue encontrar la música de los Beatles y, junto con ellos, la música pop de finales de los sesenta y de inicios de los setenta. Es inevitable dejar de pensar musicalmente sin los Beatles, Paul McCartney y los Wings, Elton John, Cat Stevens, Jim Croce, Plastic Ono Band o Simon y Garfunkel, porque a través de su música pude encontrar la distancia y la cercanía con un mundo que se me aparecía en esos entonces sin que yo lo conociese. Fueron la pauta sensible para pensarme. George Steiner en su libro La idea de Europa comenta que “la historia europea ha sido una historia de largas caminatas” y con ello no nada más se refiere al temperamento de los europeos, sino al tipo de cultura que han creado con los siglos, el tipo de pensamiento y de emoción que han caracterizado la civilización que forjaron. Su pensamiento es producto de la mirada que resulta de las largas caminatas que han dado por siglos. Entonces, el pensamiento y la sensibilidad que emergió del fin de mi infancia fue aquel de la mirada que resultaba de esa música pop y del encuentro con el rock progresivo. Sobre todo de esto último.

La mayoría de las personas con las que he platicado (y los autores de gran parte de los relatos que he leído) conocieron la música del rock progresivo por un familiar o un amigo que consideran que estaba “más avanzado” o adentrado en la música rock – y ello no necesariamente significa que tenían mucho tiempo escuchado rock, sino que les interesaba algo más allá de la música comercial que se escuchaba regularmente por la radio. Ese fue mi caso: un amigo me llevó a conocer a ELP y adentrarme al rock progresivo del que me enamoré en los 70.

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Cuando tenía quince años de edad fui un día a visitar a mi amigo Gustavo Espinosa, a quien conocía desde los tres años y quien vivía a una cuadra de mi casa. Me recibió con un gran entusiasmo, me llevó a la sala de su casa donde estaba un tocadiscos portátil en el suelo, lo prendió, puso un acetato (así les llamábamos antes, ahora se les conoce como viniles) y me pasó la portada del disco: un dibujo de unos armadillos a la manera de tanques de guerra avanzando con ferocidad. ¡Cuánto color! Puso el disco y la música comenzó. No supe qué pensar, cómo asimilar lo que escuchaba. Gustavo, muy emocionado, me pregunto: ¿qué tal? De momento no pude reaccionar y solo atiné a preguntar, después de unos segundos: ¿y saben cómo volver a interpretarla para que vuelva a sonar igual?

Mi amigo supo que era una pregunta estúpida y comenzó a hablar de música nuestra actividad favorita: sus hermanos mayores habían comprado el disco (llamado Tarkus) de aquel grupo, ELP. Al escucharlo quedó pasmado: había descubierto que se podían utilizar varios tipos de teclados a la vez y que uno de ellos era un teclado que sonaba por electricidad y que se conocía como sintetizador. Me dijo que Keith Emerson era un pianista de música clásica que ahora tocaba una música que se le conocía como rock progresivo. Desde ese momento indicó que Emerson era su músico favorito, que ELP era su grupo favorito y que el sintetizador era su instrumento favorito. Ello lo llevó, y en parte lo acompañé en esa travesía, a buscar músicos que tocaran el sintetizador, y a grupos musicales que incluyeran al sintetizador como parte esencial de la música. Así conocimos a Yes, Genesis, Pink Floyd, Synergy, Premiata Forneria Marconi, Le Orme, Magma, Gong, The Moody Blues, Rick Wakeman, Amon Düül, Mike Olfield, Caravan, Kayak, Straws, Star Castle, Triunvirat. Menciono sólo algunos, la lista podría seguir.

Como sucedía con el pop del momento, pasaban muchas cosas y pasaban al mismo tiempo, y cada semana, mes a mes, había mundos por descubrir. Pero la música de ELP nos hacía ver que había algo más que los sonidos y las letras y que se podía atisbar en la fotografía interior del disco Trilogy: un mundo parecía provenir de historias de fantasía o de mitologías antiguas, donde los tres músicos habitaban como personajes de historias cercanas a El Señor de los Anillos de Tolkien. Saber que Emerson era un músico de conservatorio le daba un peso importante a la credibilidad de lo que escuchábamos, pero también saber que alguien que provenía del conservatorio podía tocar música de esa manera, incluyendo piano, sintetizador, órgano y el Moog, lo convertía en otra cosa: un héroe de la música. Como lo expresa Marc Weingarten en su colaboración de Yes Is the Answer…, libro ya citado arriba: Emerson era “Thor with a Moog”, una figura salida de la mitología y trasladada a la era pop. Emerson nos permitió atisbar que había algo nuevo, distinto, interesante y seductor que rompía con el simplismo de cierto pop y del rock and roll. Sí, era más introspectivo, más intelectual, más cercano a esos paseos de los europeos por la tarde donde uno podía ingresar en el propio interior y cultivar y crear algo desde ahí: regresar al mundo con otra mirada, temperamento y actitud. Es por ello que el rock progresivo fue una pieza básica y muy cercana cuando comencé a dejar la adolescencia e ingresar a la universidad, esa etapa que termino por definir mi vocación y mi trayectoria profesional y mi vida como adulto. Pude, con mis discos bajo el brazo, trabajar en esa cosa extraña e incómoda que se llama madurar.

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De unos años a la fecha han muerto muchos músicos del rock de los cincuenta, sesenta y setenta. Han muerto algunos de grupos del rock progresivo pero, para mí, la muerte de Emerson es la confirmación de algo más. La primera muerte de un músico que me dolió internamente fue la de John Lennon. En ese tiempo estudiaba en la universidad y la figura de Lennon era central en muchas de las cosas que estaba buscando y que exploraba en ese momento: la poesía, la literatura, la contracultura, el misticismo, la intelectualidad, ese mundo que pensaba, junto con otros compañeros de la universidad, que el mundo era posible ser por obra del arte y la cultura. La muerte de Lennon era un disparo a nuestra juventud, a lo que creíamos, a lo que soñábamos ser unos años más adelante, a lo que podríamos crear escribiendo novelas, poesía, haciendo programas de radio, películas, televisión. La muerte de Lennon era un aviso, sombra del que cantó él mismo unos años antes: “the dream is over.” Nos decía que algo estaba por desaparecer: el espíritu de lo posible que creció como espuma con ciertas tendencias de la música rock.

Con la muerte de Emerson se me presenta, clara, la evidencia de que esa música que me llevó a dejar de ser un niño clasemediero y fresón está terminando. Estamos entrando a otra etapa. He comentado por Facebook con mi amigo Gustavo la muerte de Keith Emerson. Su comentario me parece contundente: no se imaginaba que la muerte de su músico favorito le fuera a doler tanto. Sí, algo está terminando, algo que fue importante para muchos en el siglo XX, que fue importante en sus marcos de vida, en lo biográfico. El mundo del siglo XXI está arrancando y está en riesgo de perder algo de su memoria pasada.

Cuando hablo con amigos de mi adolescencia y juventud o con mis ex alumnos (con mis alumnos actuales es casi imposible), hablar de rock progresivo casi equivale a pedir disculpas por lo anacrónico, obsoleto, o, si, tal cual, cursi, de mis gustos. En ocasiones debo justificar, dar rodeos, inventar algo, pedir perdón por manifestar mi gusto por algo del rock progresivo. La muerte de Emerson me hace ver que el prog está ahí -y ha estado ahí- para recordarnos que hubo una etapa de creatividad y de entusiasmo que muchos han olvidado y que eso es muy, muy, claro, en los libros de rock o las listas de las canciones o discos de todos los tiempos del rock a la manera de la Rolling Stone. Es una presencia que nos habla de la presencia de nuestro olvido, al igual que de la persistencia de una memoria que edifica miradas, formas de pensar, de sentir, maneras de caminar y de observar el paisaje contemporáneo. En el siglo XXI el rock está en definición. Es posible que el rock progresivo no sea parte de ese nuevo movimiento civilizatorio, pero quiero pensar que con la muerte de Keith Emerson algo ha comenzado: la evidencia de la recuperación de nuestras memorias de cuando crecimos como jóvenes prog y con ello ayudar a pensar y a sentir lo que está en emergencia, en la música, la cultura, el mundo.

Creo que es urgente comenzar a hacerlo.

* Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León. Pero, sobre todo y mucho más que eso, es un obseso de la música (en especial los Beatles y el rock progresivo), un coleccionista disciplinado de discos, un lector tenaz, un poeta beat no-publicado (aún, pero ESTAMOS EN ELLO), un nerd sin ambages, un entusiasta de Star Wars, un tipo que inspira. Escribió este texto específicamente (con las entrañas y el corazón, ¡gracias, pana!) para el blog de La Trampa del Bulevar.

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