Woody Allen y la Sopa de Ganso (o de cómo perder la cabeza)

por Héctor Gómez Vargas*

“Más adelante observará, al tiempo que continúa leyendo, que la diferencia entre la palabra casi exacta y la exacta es realmente un asunto importante; es la diferencia entre la luciérnaga y el relámpago.”
-Mark Twain.

Todo lo que quería era saber sobre cine (y no me atrevía preguntar)
Siendo adolescente nunca me pregunté en qué iba a trabajar ni qué iba a hacer con mi vida. La universidad era un horizonte lejano y mi interés giraba alrededor de lo que quería hacer una vez que terminada la preparatoria. Siendo niño mi mundo giraba alrededor de la televisión y cuando ingresé a la secundaria la música fue un descubrimiento que me deslumbró e iluminó en forma insospechada.

Primero fueron los Beatles, pero después fue el rock de principios de los setenta, una combinación que se movía entre el pop que se escuchaba en esa época y las incursiones del rock progresivo, tanto el inglés como el italiano, en terrenos de riesgo. Las tardes eran largas y lentas; mi mundo era aprender a grabar música en la radiograbadora que mi padre me compró y pasar la tarde escuchando mi pequeña colección de discos que ponía una y otra vez en un viejo tocadiscos portátil que encontré una tarde en un cuarto de objetos descontinuados.

La preparatoria amplió mi mundo: ingresé con avidez al universo de la literatura, de la plástica y del cine. Si en mi infancia el cine había sido una experiencia mágica, en la adolescencia fue algo impactante. Después de ver 2001 Odisea del espacio las cosas no volvieron a ser las mismas para mí. Entre la música y el cine existía una conexión que desconocía pero que quería llegar a descubrir. Hubo un momento en que pensé que quería estudiar música y otro en el que quería hacer cine. Comprendí que ambas cosas eran un despropósito, al igual que las pretensiones de llegar a ser un abogado, como un día lo llegue a pensar. Me decía que debía estudiar otra cosa, pero no sabía qué en concreto.

Uno de mis hermanos me lo dijo: “Comunicación.” ¿Qué es eso? Él me respondió que no lo tenía claro, pero que la gente decía que le gustaba lo que yo decía que me gustaba: tomar fotografías, hacer audiovisuales, escuchar música, leer novelas y montar obras de teatro. No supe bien a bien de qué se trataba, pero esa tarde descubrí que iba a estudiar esa carrera.

Casi al finalizar la preparatoria mucha gente me preguntaba sobre la carrera que iba a estudiar y, sin estar muy consciente de lo que respondía, le platicaba que quería estudiar Comunicación. Unos quedaban conformes, otros no; estos volvían a preguntar: “Pero, ¿y de qué vas a trabajar?” Las primeras veces lo dije: “quiero hacer cine.” “¿Cine? En México sólo se hacen películas de ficheras”, me decían algunos. Entonces callaba porque, aunque tuvieran razón, quería irme a la Ciudad de México y estudiar Comunicación. Tenía la ilusión de un día hacer cine y de escribir libros.

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Annie (Hall)
El mismo año que me fui a estudiar comunicación a la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México, la película Annie Hall ganó el Oscar como la mejor película de 1977.

Cuando vi la película quedé deslumbrado. Para mí era una revelación, tenía un brillo que la hacía diferente a las películas que se exhibían en la mayoría de las salas de cine, aunque se acercaban a algunas que lograban saltar el cerco de la muralla comercial (como algunas cintas de Fellini, Kubrick, Buñuel, Kurosawa) y también tenía cierta familiaridad con algunas películas que solo se podía ver en algunos cineclubes como el de la Casa de la Cultura o el de la Universidad de Guanajuato. Pero Annie Hall era diferente porque me hablaba de las cosas como si formaran parte de mi mundo de todos los días.

Lo que más me gustó de la película fue el punto de vista desde el cual el protagonista nos narraba una singular y torcida historia de amor, que parecía moverse entre una confesión, una sesión terapéutica y la interiorización de una puesta en escena del personaje. Era como estar viendo al personaje abrir una caja que contenía otra caja y dentro de esta caja otra caja más, y así andando. Pero lo que más me sorprendía era que al pasar de una escena a otra, y pese a que la historia se iba tornando difícil, cruel y desesperada para el protagonista, éste no podía dejar de hacernos reír.

Con el tiempo entendí que con sus películas Woody Allen solo quería contar historias que pertenecían a ese linaje del cuento humorístico del que habló Mark Twain, que se caracterizan no por el asunto, sino por el modo de contar la historia, donde la experiencia no es la resolución final sino el descubrimiento de que uno ha quedado atrapado en medio de una situación trágica que no tiene solución. Y entendí que con Annie Hall Woody Allen hacia evidente que se había convertido en un excelente cuentista, sobre todo porque al principio solo me concentré en la forma de la película y no del asunto que hay detrás.

Visto desde el asunto que nos propone, la historia de la película es terrible: un hombre, a quien todo el sentido de la vida le había explotado en las manos desde niño, que narra cómo se enamoró y lo abandonó una mujer. Una historia que no tenía respuestas claras y definitivas sobre lo que tocaba hacer para no morir en el intento de seguir viviendo, como si nada hubiera sucedido. El asunto me cayó como loza más adelante cuando hube de tomar decisiones en mi vida que implicaban “comenzar a madurar”, como sucedía con la mayoría de los personajes principales de las películas de Woody Allen.

(Interiores)
Después de Annie Hall, muchas cosas cambiaron en las películas de Woody Allen porque el mismo Allen comenzó a contar historias de manera seria.

Algo similar sucedió conmigo cuando terminé la carrera. Regresé de la ciudad de México, me enamoré y quise casarme: tenía que madurar, pensar en el futuro, decidir qué iba a hacer y por fin comenzar a responder la respuesta que me habían dicho cuando era adolescente: ¿de qué voy a vivir? Como alguien me dijo, tenía que tener los pies en la tierra y la cabeza bien puesta porque ya no eran tiempos de gastar el dinero en discos ni en ir a ver películas, de olvidarse de la biblioteca personal que acumula, porque “no da nada útil y quita espacio.” Sí, me dije en una ocasión, debo tener la cabeza lo más centrada posible. Intenté imitar a mis maestros favoritos de la universidad y me llegué a creer la historia aquella de que algún día sería un intelectual de película.

La vida siguió adelante, se hizo dura, tensa, ruda, gacha, oscura. El sol brillaba en ocasiones y, pese a la alegría y las sorpresas del descubrir los detalles que construyen lo cálido del estar acompañado de alguien que quieres y te quiere, en ocasiones descubres que avanzas por un callejón que no sabes si se va a cerrar más adelante porque vas sospechando que madurar es entrar en un laberinto del que no se sabe si vas a salir.

Después de Annie Hall, el tono de las películas de Woody Allen tenía esa luz espectral. Ya no te hacían reír ante cualquier situación. Se trataba, más bien, de reconocer un ambiente cargado y un movimiento nervioso de la mayoría de sus protagonistas. De esas películas, Interiores es una historia donde Allen no da concesiones a los personajes: al final una familia completa encuentra que el mar les concede como respuesta posible al dolor que han cargado a lo largo de sus vidas el retorno a su propio vientre oceánico. Es decir: abandonar la vida, sin más concesiones, sin más respuestas.

Detrás de la historia no había algo por qué reír. Más bien había silencio. Un silencio que se fundía con el negro de la noche, con el fin de la película. Uno perdía la respiración, como si algo hubiera cesado. Volver a respirar no era fácil.

¿No era eso una historia sobre madurar?

Madurar te puede ir dejando desnudo: sin respuestas para continuar, porque se ha perdido toda idea de por qué continuar.

Hannah (y sus hermanas)

“Algunos nacen para la Noche Interminable.”
                                                      -William Blake.

Lo confieso (y lo he confesado públicamente): ya no veo las películas de Woody Allen porque me aburren.  Sé que puedo estar exagerando, pero eso me sucede con la mayoría de sus películas, tal cual.

(De hecho, eso me sucede con las películas de muchos directores de cine que en otro tiempo despertaban en mí entusiasmo y dedicación. No es cosa solamente tuya, Woody.)

Uno de los resultados de mi propia historia de madurar en la vida es que Woody Allen dejó de ser uno de mis directores de cine preferidos. Ahora me doy cuenta que abandoné el cine de Woody Allen cuando él abandono la exploración de lo que era madurar para comenzar a hablar de lo que es envejecer. Eso me parecía algo muy lejano e incómodo.

Cuando uno se hace adulto y madura, cree encontrar respuestas pero, en la mayoría de los casos, más bien se enfila a un encuentro con un silencio como el de los personajes de Interiores. El cielo parece caerse a pedazos y pareciera que no hay hacia donde correr porque uno es el mismo cielo estrellado. Entonces, retorno a Woody Allen, para darme cuenta de que en aquellas películas en las que se asoma a la vejez hay una especie de respuesta que dejó inconclusa con Annie Hall. Me refiero en concreto a su película Hannah y sus hermanas. En términos de Mark Twain, con la primera película Woody Allen nos hablaba de luciérnagas, mientras que en la segunda nos señalaba el relámpago.

Casi al final del filme Mickey, el personaje interpretado por el mismo Allen, le comenta a su ex cuñada cómo asumió el pesimismo, el miedo y la frustración ante la vida que lo había acompañado como una enfermedad incurable: una noche de total desesperación, donde todos los caminos se le habían cerrado, entra a un cine y poco a poco se deja llevar por la historia. Y comienza a reírse. No puede dejar de reír. Y entonces se da cuenta de que ha olvidado el dolor, el miedo, la ansiedad, la frustración, las enfermedades han volado. Cuando Mickey ríe al ver a los Hermanos Marx en Sopa de ganso, comprende que no puede evitar la rudeza de la vida, pero si puede dejarla pasar y reír con ella, puede respirar, aceptar que toca madurar y no morir en el intento.

Cuando vi por primera vez Hannah y sus hermanas, el detalle del final me pareció forzado y fuera de lugar. Era esa incomodidad que en mí comenzaban a despertar las películas de Woody Allen y que le quitaba fuerza a esa conclusión. Pero años después, las cosas fueron muy diferentes porque ese final era una especie de satori, el punto desde el cual todo se deshace para volverse a hacer. Volver a ver la escena en la que Mickey ríe con los Hermanos Marx fue como aquella expresión de Hui-Chung: “Imagina que aparece aquí un hombre de repente y te corta la cabeza con un sable.”

Perder la cabeza, vivir sin cabeza. ¿De eso se trata todo este asunto de la vida?

Cuando el camino termina, es prudente seguir la senda del viento. Para alcanzar la iluminación, hay que incendiar a Buda. Como dice el gato zen: “cuando como, como”. Cuando el mundo se cierra, espero a que se abra.

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* Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León. Pero, sobre todo y mucho más que eso, es un obseso de la música (en especial los Beatles y el rock progresivo), un coleccionista disciplinado de discos, un lector tenaz, un poeta beat no-publicado (aún, pero ESTAMOS EN ELLO), un nerd sin ambages, un entusiasta de Star Wars, un tipo que inspira.

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