La generación de la rocola. Parte 2: La presencia del olvido

por Héctor Gómez Vargas*

(Leer parte 1: La trama de la vida.)
“Por un buen tiempo no entendimos la revolución de la que
fuimos testigos; por un buen tiempo la consideramos
un acontecimiento. 
Estábamos equivocados: era una época.”
-Joseph de Maistre

1. Alguen voló sobre el nido del cuco
“Están ahí fuera”. Las primeras palabras de la novela de Ken Kesey, Alguien voló sobre el nido del cuco, son del Jefe Bromden y hablan de ese mundo que ha reaccionado ante una generación de jóvenes que crecieron en los cincuenta, de quienes dieron cuenta las novelas de Jack Kerouac. En ese sentido, bien podría ser una especie de continuación de algunos de los personales de On the Road o de la misma cosmovisión de la generación beat que se manifiesta en la primera frase del Aullido, ese largo aliento en forma de poema de Allen Ginsberg: “Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por locura/sufriendo fríos hambres histéricas desnudas…”

El libro de Kesey apareció en 1962, el mismo año en que Marshall McLuhan publicó La Galaxia Gutenberg, los Beatles se abrían al mundo con Love Me Do, Bob Dylan sacaba su primer disco y el twist volvía a ser famoso en el mundo a través de la presencia en televisión de Chubby Checker.

En mucho, era un paso adelante de varios movimientos que se habían abierto a mediados de los cincuenta y que parecína manifestar un nuevo cambio generacional, como fue evidente dos años después con la beatlemanía y la posterior emergencia del movimiento hippie. Fue una toma de consciencia de su pasado y una anticipación de la rudeza de los años por venir debido a las transformaciones colectivas que estaban en puerta y a la reacción de aquello y aquellos que las observan, las reglamentan, les dan un orden.

Un año antes de la publicación de Alguien voló sobre el nido del cuco, Michel Foucault publicó Historia de la locura en la época clásica y en 1963 publicó El nacimiento de la clínica. El mismo año que se estrena la película basada en la primer novela de Kesey, 1975, Foucault publicó uno de sus grandes libros, Vigilar y castigar, que da pie a comprender mejor las tecnologías de la subjetividad y la propuesta de una sociedad de la disciplina, de la vigilancia que desarrolló Foucault a lo largo de su obra.

Entonces, las primeras palabras del Jefe Bromden son una advertencia de los sucesos que devendrán en la narración de la novela, parte de los subtextos que explican las ambigüedades y las confusiones de las experiencias de los personajes, las tramas emocionales dentro de una clínica psiquiátrica. Pero puede verse, de igual manera, la advertencia para una pauta de observación de lo que era el mundo y su reacción ante enormes y desconcertantes transformaciones sociales y culturales de toda una generación de jóvenes.

Es decir, la pauta para observar la manera en que se construía una época, la implementación de una racionalidad clínica, legal y moral que sería clave para reaccionar ante los movimientos sociales y las fracturas generacionales de los sesenta. La actitud hacia el movimiento del ‘68, en México y en el mundo, los discursos académicos hacia los hippies y los xipitecas, la contracultura y el movimiento underground fue parte de ello, la racionalidad para montar y desmontar a las nuevas generaciones de jóvenes y las culturas juveniles de los sesenta en adelante.

El mismo año de la aparición de Alguien voló sobre el nido del cuco fue el año en que los jóvenes escuchaban  música en rocolas en la ciudad, cuando corrieron incendios por la irreversible presencia de los denominados “rebecos”, cuando el twist llegó al país y a la ciudad con la idea de decirle a la gente que esos actos de los jóvenes eran algo que pasaría con el tiempo y que todo terminaría en una sana diversión más adelante. Olvidaban, porque no lo sabían, que comenzaba una época.

2. La presencia del olvido (O de la doble vida del twist)
En su colaboración en el libro Historias de los Jóvenes en México, Julia Palacios señala la importancia de la llegada del twist:

El twist fue el baile que permitió realmente a todo el mundo ser “joven”. Con el twist, la música de los jóvenes había dejado de ser territorio exclusivo de éstos, y acabó de perder su carácter de resistencia, o la poca que le quedaba, dando paso a su integración como parte de la cultura popular en general.

Cuando era niño y decidí no prestar atención al twist porque era el movimiento rival del rock’n’roll de los Beatles, ignoraba que aquello que se guarda en los recuerdos, en los archivos de la memoria personal o colectiva, es un acto constructivo que conlleva (como lo expresa Michel de Certeau) “una acción contra el pasado” que continuamente retorna disfrazado. El olvido es parte de una organización del tiempo dentro del espacio de la memoria: una incluye a la otra y es posible contemplarlo en las huellas del pasado, en la energía que conservan ambos porque alguna vez fue manifestada; energía que sigue, de hecho, actuando de manera discreta.

Entonces, la observación de Julia Palacios no es algo de menor importancia. Al contrario: el twist fue la pauta constructiva de dimensiones culturales, la huella de un pasado que posibilitó “ser joven” en el país. Entender lo que se construyó en la ciudad con los jóvenes implica retornar a lo que se olvidó cuando apareció el twist, al igual lo que apareció cuando todos se olvidaron del twist en esa época.

Pero habría que precisar más. El twist tuvo dos momentos: cuando nació en 1960 con “The Twist” y cuando renació con la misma canción en enero de 1962. Dos años es poco tiempo pero muchas cosas sucedieron en el mundo y fueron fundamentales para la entrada del rock en el país, sobre todo cuando el twist retornó de entre sus propias cenizas y fue dinamizado por grupos de rock mexicanos.

Quienes han escrito sobre los orígenes del rock mexicano señalan que su primera época, entre 1956 y 1959, fue un asunto de artistas adultos, un espectáculo para cabarets, centros nocturnos y carpas populares. En paralelo, con visible apogeo entre 1958 y 1959, aparecieron los primeros grupos juveniles de rock a partir de la experiencia de escuchar música en las rocolas de cafeterías y neverías; estos grupos musicales estudiantiles tocaban en las escuelas, en tardeadas y en las mismas cafeterías en la ciudad de México.

Para José Luis Paredes y Enrique Blanc en su aporte sobre el rock mexicano en el libro colectivo La música en México, los inicios de los sesenta ocurrieron cuando la juventud se alocó: el rock mexicano alcanzó dimensión nacional porque algunos de los primeros grupos grabaron sus primeros discos, que fueron difundidos por la radio, y para 1961 se iniciaron transmisiones televisivas de programas como Premier Orfeón (que más adelante tendría el nombre de Discoteca Orfeón A Go-Go.) Igualmente, fue una etapa en la que los solistas de los primeros grupos de rock mexicanos se separaron y comenzaron sus carreras de solistas, grabaron sus propios discos y aparecieron en la televisión y en películas juveniles de la época.

En el caso de la ciudad de León es posible ver que el rock llegó en 1962 por vía de los primeros grupos y solistas de rock y sucedió porque interpretaron música de rock con ritmo de twist. Por ejemplo, en 1963 la estación de radio XEKX transmitía el programa La Rockola del Aire, en el que se tocaban tanto canciones de Santo & Johnny, Paul Anka y Neil Sedaka como de Los Locos del Ritmo, Manolo Muñoz, César Costa y Los Teen Tops. Son los años en que la cartelera cinematográfica de la ciudad programaba películas en las que los jóvenes bailan twist interpretado por los grupos del momento, a la par que se proyectan películas con actores juveniles norteamericanos y algunas protagonizadas por cantantes como Pat Boone y Chubby Checker. Igualmente, entre 1961 y 1963, la Caravana Corona visitaba la ciudad con regularidad y existía una presencia continua de grupos y solistas interpretando twist y rock’n’roll.

A finales de 1963 el twist dejó de tener presencia en la ciudad, pero logró su objetivo: lo juvenil se hizo juguetón y parecía haber perdido su pasado de rebeldía, escándalo y caos. Los discos del twist se guardaron y la inquietud estaba centrada en el asesinato de Kennedy, una modorra que duró varios meses, hasta que en marzo de 1964 la prensa anunció la presencia de un grupo de “twist inglés” que estaba causando histeria entre las jovencitas en Europa y Norteamérica, por lo que recomendaba a sus familias que no permitieran que sus hijas jóvenes tuvieran contacto con ese grupo musical. Ese grupo era, claro, los Beatles.

La prensa y buena parte de la población no se daba cuenta que el mundo ya era otro. Uno nuevo estaba en construcción.

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Mary Chessman, sonriente.

3. La doble vida de Mary Chessman (o del retorno del olvido)
Cuando la prensa publicó la noticia de la muerte de María de Jesús Mena, comenzó una de las leyendas urbanas de la ciudad.

En parte se debió a que la joven de 21 años por la mañana era María de Jesús Mena, una secretaria como otras tantas, pero por las tardes y las noches era Mary Chessman, una mujer joven que acudía a las cafeterías y a los bares a escuchar música de moda en las rocolas. Ahí se encontraba con grupos de amigos que se reconocían como “rebeldes sin causa”. Pero, por otra parte, se debió a que la causa de su muerte generó mucho chismorreo y controversia: había sido un accidente al caer de una motocicleta en una zona urbana lejana y solitaria.

El asunto de los “rebeldes sin causa” en la ciudad recuerda un tanto aquello que señala Michel de Certeau al inicio de su libro La posesión de Loudun, donde dice que de manera usual “lo extraño circula discretamente bajo nuestras calles.” Pero la reacción de algunos grupos en la ciudad manifestó el hecho de ser sorprendidos como “cuando lo nocturno se abre abruptamente a la luz del día.” Por ello en el caso de Mary Chessman se necesitaba de un culpable (es decir, de un asesino), de la representación de un mal que andaba presente a plena luz del día en León. Durante varias semanas, León se sintió amenazado por el tema de los rebeldes, como si hubiera sido invadida por un mal que regresaba de continuo para infectarla con su inmoralidad.

Meses después, las cosas quedaron en suspenso, porque se reconoció que no había sido un asesinato, sino un accidente. No había un asesino. La leyenda comenzó a circular “discretamente bajo las calles.”

La muerte de Mary Chessman, al día de hoy, no se ha olvidado: todos han escuchado esa parte de su historia, pero sólo se sabe lo que los chismes y los rumores han dicho sobre ella; la leyenda ganó lugar y se quedó incrustada en el imaginario popular. Lo peculiar es que desde los días siguientes de la notificación del percance, ella (Mena o Chessman, persona o personaje) quedó en un segundo o tercer plano y la atención se enfoca en el causante del accidente, en el posible crimen: esto no podía ser un accidente, la moral de la ciudad no podía aceptarlo así. La leyenda se queda en el nivel del suceso que se advierte como un acontecimiento que irritó la vida social del momento. Habría que pensar que este caso anuncia un hecho social en emergencia, la aparición de nuevos agrupamientos juveniles en la ciudad.

El caso Mary Chessman hizo visible a un grupo de jóvenes en la ciudad a principios de la década de los sesenta que bien pueden ser considerados como parte de la “generación de la rocola” de Richard Hoggart. Existen en otro contexto y en otras circunstancias, pero con rasgos similares. Era un grupo de jóvenes que buscaba cosas distintas a la de los grupos sociales tradicionales, que se inclinaba por un estilo de vida cercano a manifestaciones de prácticas juveniles que provenían de los medios de comunicación y de la industria del entretenimiento (una mezcla confusa entre lo proveniente de Estados Unidos y lo que apenas aparecía en el país.) La ciudad les permitía acceder a estos mundos a través de las cafeterías y los bares, lugares donde podían ser y hacer cosas parecidas a las que los jóvenes hacían en las películas y las canciones, en las revistas y en las historietas. Pero también era un grupo no visible porque no estaba claramente definido dentro de la estructura social de la ciudad, que no pertenecía ni a esa clase media que trajo consigo la modernidad del país ni a ese grupo de personas que están en los dos extremos de las clases sociales. Por ende, difícilmente aparecerían en la prensa local. Lo hicieron cuando ocurrió una catástrofe, por supuesto.

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En realidad ese grupo era y sigue siendo un enigma. ¿Quiénes y cómo eran como jóvenes en la ciudad? La pregunta no merece la respuesta de la anécdota a través del chisme que se tornó leyenda urbana: es una apuesta social y cultural de lo que se formó en esos tiempos, una que sigue (o debería seguir) vigente.

La noticia de la muerte de Mary Chessman se dio a conocer el 27 de diciembre de 1961. El seguimiento noticioso continuó a lo largo de 1962, mismo año en que se publicó Alguien voló sobre el nido del cuco. Cuando uno lee las noticias e informes sobre el caso de su muerte, es posible escuchar una voz parecida a la del Jefe Bromden cuando dice al inicio de la novela: “Están ahí afuera”. La prensa recogió una serie de reacciones ante aquello que consideraban algo que debía ser eliminado: los jóvenes rebeldes. Asociaciones y particulares diversos se manifestaron sobre el peligro y el riesgo de las actitudes de los rebeldes sin causa, sino que se tomaron medidas como un acto para prevenir la posible contaminación entre la niñez de la ciudad. Se pidió la clausura de los “centros del vicio” donde los jóvenes se reunían a escuchar las rocolas, se volvió a presionar sobre el cierre de la zona roja y se realizó una campaña para erradicar la presencia de bandas de jóvenes “rebecos” (como comenzó a llamar con afán despectivo la sociedad a los rebeldes) que encontraban en los billares, carpas, cantinas y prostíbulos. En todo ello había un sesgo moral y clasista, tal como era la vida en esos momentos. En gran medida lo es todavía: se sigue reaccionando de forma similar ante nuevos acontecimientos o movimientos juveniles.

La muerte de Mary Chessman sucedió dos o tres semanas antes de que Chubby Checker resucitara el twist y de que encendiera una mecha que corrió por todos lados a inicios del ’62; gracias a esto, los adultos pudieron participar de ese mundo juvenil que anunciaba el rock’n’roll, porque parecía que con el twist se perdían el peligro y la excitación sexual que tanto gustaba a los jóvenes rebeldes. Desde entonces, el rock’n’roll fue algo lúdico y juguetón, chispeante, gracioso, simpático, bobalicón para jóvenes bobalicones.

Si en la ciudad el año de 1962 comenzó con la tensión del hecho de la presencia de los rebeldes sin causa (y la inquietud de preservar el orden tradicional, tanto en lo legal como lo moral), más adelante en el mismo ciclo la ciudad adquirió un rostro y un ánimo juvenil. Es muy posible, y toca preguntarlo, que si la muerte de Mary Chessman hubiese ocurrido en las mismas circunstancias pero avanzado el año o tal vez al siguiente, la ciudad lo hubiese tomado como el accidente que fue y actuado sin tanta crueldad y temor. Tal vez la actitud ante los jóvenes hubiese sido otra. Tal vez.

Pensando en el contexto que se estaba gestando desde años anteriores, la muerte de Mary Chessman no fue solamente un acontecimiento más en la ciudad: fue parte de la marca de una época que estaba en construcción, que en 1964 sería relevada por otra fase con la llegada de nuevas músicas y cambios de mentalidad y que en 1969 o 1970 tendría una primera conclusión. Pero igualmente marca una era porque fue uno de los primeros indicios de lo que se construiría con los jóvenes hacia adelante, esos jóvenes que no encuentran su lugar y con quienes el orden social institucionalizado no sabe qué hacer, cómo reaccionar ante ellos, cómo seguir adelante. Tal como sucede actualmente: le sucedió a mis hijos y a los hijos de mis amigos: le sucede a mis alumnos y a los amigos de mis alumnos.

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Cartón periodístico, enero 1962.

*Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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