Younger Than Yesterday (o la música rock en tiempos de la Aldea Global). Parte 2: El Ahora Global

por Héctor Gómez Vargas*

Leer parte uno.

Tres.
Hace unos días, alguien compartió un gif que resumía la obra de los caricaturistas William Hanna y Joseph Barbera desde 1957 cuando comenzaron con The Ruff and Reddy Show, hasta 1998 con la serie Las chicas superpoderosas. Me pareció que era un resumen de parte de mi vida y de la cultura infantil y juvenil en el siglo XX.

Tengo varios años revisando la prensa de la ciudad de León que corre de 1957 a 1970 y un punto que he observado es la programación televisiva que se transmitía desde la ciudad de México. Un detalle que me ha llamado la atención es reconocer algunos programas infantiles que yo veía siendo niño y adolescente, entre ellos las primeras series de caricaturas de Hanna-Barbera. Por ello sentí el gif como un ejercicio de zapping a mi infancia, porque de niño la televisión era parte de mi mundo: me la pasé viendo series de televisión y las caricaturas de Hanna-Barbera estaban ahí, como presencias envolventes dentro de mis entornos de vida y como parte de mi proceso biográfico.

La obra de Hanna-Barbera (y su compañía productora), entonces, no es un simple recuerdo de algo que vimos cuando fuimos niños, es una obra de la cultura que construyó infancias y adolescencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, y, por lo mismo, es un vórtice del tiempo para la experiencia de varias generaciones. Pero, igualmente, es un dispositivo donde el presente se articula por la memoria y la presencia del pasado configurando y diseñando las pautas de la cultura actual. Es un tanto aquello que señala Jean Baudrillard cuando habla sobre las colecciones, esos objetos amados que despiertan pasión y que durante la infancia facilitan la movilidad y el control del mundo exterior y conforme se madura permite organizar un cierto vínculo con el mundo, con el pasado y con la propia vida. Algo así como lo que le sucedido a muchas personas con la música rock.

El rock ha sido un procedimiento por el cual la persona ha podido trazar la historia de su vida a partir de una serie de vivencias y experiencias, un sistema de objetos que representan la historia de sus afectividades, de aquello que la han tocado desde el interior y ha permanecido como parte de la trama de la vida personal. Un procedimiento para moverse y experimentar el tiempo, ese tiempo que no es el de crecer y pasar de la adolescencia a la madurez, sino aquel que se repite una y otra vez en un loop para avanzar en círculos y que siempre retorna a lo que se fundó, se organizó y se formalizó como parte de la vida de cada quien.

La permanencia de la historia del rock en la vida de muchas personas más allá de la adolescencia (y más allá del siglo XX) lleva a pensar que la experiencia con la música no ha sido como aquella experiencia temporal de la cual nos habla la historia de la modernidad, una serie de fases que avanzan y que buscan las marcas de diferenciación del pasado con el presente –como sucede entre la infancia y la adolescencia– sino aquella temporalidad esbozada en el psicoanálisis donde el pasado retorna y construye un espacio de memoria que actualiza, repite y renueva la relación del pasado en el presente.

Si el rock fue producto del siglo XX, algo ha sucedido en el siglo XXI con él porque los contextos de producir, distribuir y consumir música no son los mismos, algo se ha transformado de manera radical. Pero el tránsito al nuevo siglo ha sido como estar despertando de manera gradual para darse cuenta que pese a que mucha de la música rock de otras décadas sigue presente, el entorno cultural y las maneras de experimentar la vida y a uno mismo a partir del rock, no son los mismos, no pueden ser los mismos. Uno de los procedimientos para explicar lo que ha estado pasando ha sido regresar la mirada al pasado y contemplar qué de lo que se construyó en otras décadas permanece como una de las pautas de experimentar la música rock en el presente, no sin reconocer que esas décadas ya no existen, ya no es posible recuperarlas tal cual acontecieron porque, como le dice Carlota a Maximiliano en la novela de Fernando del Paso, ya no podrá ver los carruajes en su ciudad natal porque ahora las avenidas están llenas de automóviles.

El asunto es como cuando las personas maduran y viven del pasado: ¿qué hacer con el pasado que sigue siendo parte del presente del rock? ¿Cómo hacer presente un pasado que ya no es, que ya no puede ser, pero sigue siendo de alguna manera? ¿Qué hacer con un pasado que nunca existió en la vida de muchas personas, porque no fue parte de su cultura ni de su historia, pero que está ahí y es un factor fundamental para experimentar el presente? ¿Cuál es el futuro de la música, y, por tanto, de la experiencia de las personas?

Mi amigo Jesús Galindo lo expresó en un post en Facebook al día siguiente de ir al concierto de los Rolling Stones en el Foro Sol en la ciudad de México en marzo del 2016: era una concentración de adultos envejecidos que buscaban ver aquello con lo que crecieron pero que ya no era, y de jovencitos que buscaban algo que nunca había sido parte de ellos. Un mundo que ya había acontecido, un mundo que nunca había acontecido. El post terminaba de una manera contundente: “fue hermoso.”

¿Qué es la música rock cuando ya no puede ser lo que era en otro momento y ahora solo es una puesta en escena para públicos de distintas generaciones? Para algunos críticos, esa es una de las preguntas que están en el aire desde los inicios del siglo XX y la forma de encararla es a partir de la manera en que la industria de la música, los medios de comunicación y el entretenimiento están dando cauce a una herencia musical en el presente y las maneras y procedimientos como se han estado formando las nuevas audiencias y públicos de la música de rock. Simon Reynolds, en su libro Retromanía, manifiesta la tendencia de la industria y de los públicos del rock de no abandonar lo producido en las décadas pasadas, sobre todo los sesenta y setenta y, facilitado por la cultura y la comunicación digital, se gesta un retorno del pasado por el cual los grupos, las canciones, los movimientos de rock del pasado vuelven a escena como parte de una nueva economía, se explota y administra la cultura de la nostalgia, el revival, la revisión de archivos para dar a conocer aquello que nadie conoció porque permaneció guardado y archivado por décadas. Una cultura que vive de fantasmas, espectros y hologramas.

Otra forma de encararla ha sido a partir de buscar nuevas rutas de revisión histórica del pasado, como el caso de Greil Marcus. En su libro La historia del rock and roll en 10 canciones, explora los momentos en que aparece un sonido que es descubierto en un mundo desconocido y que hacen surgir un sentimiento que sólo un sonido, una voz lo hace presente y, al difundirlo, lo cambia todo porque nombra lo que no tiene nombre pero ronda por ahí, y que perdura en el tiempo a través de una sucesión de renovaciones, retornos, reinvenciones.

Se nota en muchos autores contemporáneos la necesidad de retornar a revisar la trayectoria histórica y personal dentro de la música de rock, como sucede en los casos de Bob Stanley en Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno o de Giles Smith con Lost in music, donde se busca conformar, en el primer caso, una mirada general del desarrollo de la música moderna, delimitar territorios y responsabilidades en los distintos momentos de crear una experiencia cultural y colectiva con la música pop; se revisa también la presencia de la persona en un momento del desarrollo del rock, en el segundo caso, para explorar la mirada que se construyó no solo participando dentro del movimiento musical, sino dentro de una experiencia de vida generacional con la música.

Hay un punto en común en los anteriores críticos de música de rock: su experiencia y vivencia con el rock fue dentro de los entornos de la cultura de masas, ya sea cuando emergió o cuando estaba en pleno desarrollo, y sus reacciones ocurren dentro del proceso de desintegración y de traslado a una cultura global y crecientemente digital. Sus preguntas van un poco bajo la tónica de entender aquello que Fredric Jameson llamó la “nostalgia del presente”, ese mundo que emergió en la década de los cincuenta y conformó una nueva historiografía del mundo contemporáneo, una nueva pauta cultural al producir una experiencia personal y colectiva del presente a través de una amplia diversidad de referencias textuales, como fue el caso del cine, el rock, la televisión, la literatura, los ambientes cotidianos, las referencias históricas del momento, algo que se puede seguir recuperando, pero que ya no están en el presente. Ya es otra cosa.

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Cuatro.
Después de más de cincuenta años, me parece que la pregunta importante no es por qué me siguen gustando los Beatles (a mí y a mucha gente.) Si nos atenemos a las cifras que ofreció Buzzangle Music a finales de diciembre del 2015, los discos de los Beatles ocuparon la posición número 12 de los totales de las ventas navideñas y el 25 de diciembre, cuando su música pudo ser descargada de varios sistemas de streaming, ocupó la primera posición sobre 22 millones de descargas; o si se toma en cuenta lo notificado por Spotify, a principios de abril del 2016, de que después de los primeros cien días de disponibilidad de la música de los Beatles en su plataforma, había seis millones y medio de oyentes de música de los Beatles cada mes, ocupando la posición 106 de entre todos los artistas del mundo, es posible atisbar la fuerte presencia que mantienen hoy día en muchas partes del mundo.

Pero cuando Spotify notifica que de esos seis y medio millones de oyentes mensuales, el 67% son menores de 35 años de edad y que la ciudad de donde más se descargan sus canciones en todo el mundo es la Ciudad de México, el asunto tiene un matiz más interesante y, por ello, la pregunta que más me interesa, porque revela más cosas que no se ven a simple vista, es por qué a muchos adolescentes de hoy en día les gustan los Beatles, ya que en esa respuesta no solamente están presentes los cambios en la música, sino en la cultura y en la forma de experimentarla por varias generaciones de personas. Es decir, un posible cambio en la pauta cultural para experimentar la música.

La investigadora de la Universidad de Sutherland, Tonya Anderson, realizó un trabajo doctoral sobre mujeres maduras que en su adolescencia fueron fans del grupo musical Duran Duran. De acuerdo a las entrevistas, las mujeres reconocían que cuando fueron adolescentes, el atractivo de Duran Duran recaía en el estímulo energético y sexual, algo como lo que sucedió con muchas adolescentes con los Beatles, así como lo que ahora parece suceder con las fans de One Direction o Justin Bieber, pero que con la madurez las cosas cambian por que aquella energía del pasado adolescente era posible recuperarlo a través de la nostalgia.

Lo que señala Tonya Anderson puede ser algo que ha cambiado y que quizá pueda verse con lo que se está formando con los fans o los públicos adolescentes del ahora global, es decir, el tránsito de esa “nostalgia del presente” que señalaba Fredric Jameson hacia aquella “nostalgia sin memoria” que mencionó Arjun Appadurai a finales del siglo XX, cuando decía que Paul McCartney “se dispone a vender a Los Beatles a una audiencia nueva asociando su propio sentido oblicuo de la nostalgia al deseo de esa nueva audiencia por lo nuevo con sabor viejo”.

Appadurai apunta hacia un proceso más lejano en el tiempo y que llevó en los sesenta a Marshall McLuhan a explorar la situación bajo el término de la aldea global: la llegada del barco de vapor, el cine, el avión, el automóvil, la cámara de fotografía, el teléfono, la computadora, el Internet, una fase en el tiempo y en la cultura en el cual “ingresamos en una condición de vecindad completamente nueva, incluso con aquellos más alejados de nosotros”. El resultado es la conformación de un sujeto moderno que no solamente tiene un tipo de información que proviene de mundo alejados de sus entornos de vida inmediatos, históricos y sociales, y que la usa en la constitución de su propia identidad y su vínculo con los demás y con el mundo, un sujeto “cosmopolita” que quiere saber del mundo exterior, estar presente y al tanto de lo que allá ocurre.

Appadurai menciona la propuesta de Benedict Anderson sobre la importancia de las comunidades imaginarias que emergieron a partir de la cultura de lo impreso, lo cual permitió a los nacientes estados nación crear sentimientos imaginarios de pertenencia mediante el desarrollo de las “identidades nacionales”. Ese procedimiento ha cambiado ante el mundo de lo global, ya que las comunidades han ingresado a los entornos virtuales y ahora parecen moverse a través de redes imaginarias, nuevas maneras de conformar la intersubjetividad, la edición de la propia identidad, el vínculo con el entorno inmediato y el mundo exterior. Por ello Appadurai expresa:

El mundo que hoy vivimos se nos presenta rizomático… y hasta esquizofrénico, y reclama, por un lado, nuevas teorías sobre el desarraigo, la alienación y la distancia psicológica entre individuos y grupos, y por otro lado, fantasías (o pesadillas) de proximidad electrónica.

En la visión de Appadurai, la nostalgia sin memoria es parte de las nuevas condiciones de desarraigo y arraigo bajo entornos de los flujos culturales globales contemporáneos, subrayando el caso del entretenimiento y el tiempo libre, donde el trabajo con la imaginación social no solamente es estratégica, sino fundamental para la vida de las personas. Por ello, su propuesta es que en ahora global para países como Estados Unidos, no es una “cuestión de nostalgia, sino un imaginario social construido en gran parte en torno a las reediciones y los reestrenos”.

De esta manera se puede pensar que la presencia de los Beatles no sólo ha sido un factor importante en la conformación de la cultura juvenil de la segunda mitad del siglo XX, sino que lo sigue siendo dentro de los nuevos entornos de la vida de los jóvenes en lo digital, de que siguen siendo parte de su experiencia en el crecer, pero ahora dentro de lo que es la vida social dentro del mundo de la comunicación digital y de las redes sociales. Desde finales de los noventa la música de los Beatles ingresó al mundo digital y con ello se hicieron presentes en la vida de nuevos adolescentes, pero no de la misma manera como sucedió con sus padres o sus abuelos.

Si bien los nuevos adolescentes son portadores de una “nostalgia sin memoria”, porque mantienen el mito de que no les tocó vivir en los sesenta, cuando los Beatles eran una agrupación, ahora trabajan con esa imaginación social que señala Appadurai, a través de múltiples reediciones y reestrenos que hace la industria, y que ellos mismos despliegan por diversas plataformas y redes sociales con sus propias producciones y que las comparten entre sus comunidades.

En los primeros días de abril del 2016, Spotify señalaba que los discos más descargados fueron Abbey Road, The Beatles (mejor conocido como “el álbum blanco”), Let it Be, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Revolver y Rubber Soul, en ese orden. La lista de discos refleja la producción final de los Beatles, digámoslo así, sus momentos de madurez antes de la desintegración, y en forma casi descendiente cronológicamente. Cuando se pone atención a las canciones que descargaron los menores de 17 años, se puede observar que las cuatro primeras canciones corresponden con el mismo patrón del gusto por los discos (Here Comes The Sun, Let It Be, Hey Jude, Come Together), mientras que las seis restantes son parte de las etapas primeras de los Beatles o de cuando comenzaban un cambio radical en su música (Twist and Shout, Yellow Submarine, Yesterday, I Want To Hold Your Hand, Love Me Do y Penny Lane.)

A diferencia de los grupos de edades desde los 18 hasta los 54 años de edad, donde las diez primeras canciones descargadas pertenecen a los primeros años de vida artística combinados con algunos de su madurez musical, es en el grupo mayor de los 55 años de edad donde 8 de las 10 primeras canciones son de la fase de transformación madurez musical de los Beatles: Rock and Roll Music, Back in the USSR, Mean Mr. Mustard, Nowhere Man, Drive My Car, Glass Onion, We Can Work It Out, Long Long Long, Do You Want To Know A Secret  y A Day in the Life.

Es posible que esto sea un indicio de la manera en que hoy los Beatles están presentes de distinta manera en las diversas generaciones: con los mayores, aquellos que vivieron cuando los Beatles eran una agrupación, despertando la nostalgia de un presente; para otros, los que los vivieron desde el recuerdo porque ya se habían separado e incluso ya había muerto Lennon, a través de una nostalgia sin memoria; y los que ahora son adolescentes en el mundo digital, a través de la imaginación social. En ello no dejo de observar que el yeah!, yeah!, yeah! de mi infancia ha desparecido, pero otras cosas han llegado.

Difícil saber si esto es así, pero quizá si nos permita entender y explorar lo que ha sido la experiencia de las personas con la música rock a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que ha transitado en las primeras décadas del siglo XX. De entrada, hoy los Beatles parecen más jóvenes que ayer, porque más gente los escucha, aunque no de la misma manera que cuando yo los escuché a los cinco años de edad en la consola familiar.

HGV,
Mayo 2016

*Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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