Soledad de la luna, paradoja de la lucha

por Quique Vidal Olascoaga*

A la eternidad de Momo

Orbitar, estar, acompañar, inspirar, resistir, ser vulnerable, pero íntima cómplice de nuestra madre común, son posiciones que de la luna imitamos en la lucha. Sin embargo, es de todos conocido que la luna no se alumbra ni alimenta por sí misma, sino que funge como límpido reflejo de una energía que le trasciende. Eso mismo sucede en los rebosantes cauces de las luchas sociales, en las desoladas fauces de las violencias. Desde el primerísimo (e inidentificable) momento en que brota el manantial del ímpetu por la otredad, hasta la convicción de morir viviendo por ella, la persona en lucha es reflejo de la energía del pueblo. ¿Qué es más abstracto entonces, creer en la utopía de la interconexión colectiva o en la ingenuidad de la autosuficiencia individual?

Habitar la abrumadora realidad, con toda su crudeza y crueldad, es tan íntimo como cuando miramos la inmensidad del cielo raso. Sin embargo, luchar no significa sólo mirar, sino también escuchar el silencio del dolor y actuar en congruencia con su rabia; por ello no colma ni calma el recogimiento ensimismado, sino que prescindimos de esa energía que se contagia. La sonrisa, la lágrima, el puño, el paso dado, nos exponen a la empatía de vernos reflejados tras el espejo de lo recíproco, con todo lo sublime y lo mundano que ello significa, pues ni héroes ni santos somos, simplemente humanos. No obstante, entre esas coincidentes miradas, cada quien refleja su propio rostro en el infinito universo de la diversidad que conformamos.

Tal como estar en la misteriosa cara oscura de la luna, en la ausencia de esa energía que se recibe a la vez que se irradia, nos encontramos perdidos en la gélida pesadilla de la desolación. Por ello la utopía de la lucha es soñar al mismo tiempo que despertar, es decir, reconocer como falsa quimera el plácido lecho del egoísmo, y que una vida somnífera-sin luchar no merece ser vivida.

Si somos fatídicamente arrojados al mundo, no nos queda más opción que participar del mismo desde las trincheras que nos regalen los campos de batalla, a nuestro paso, tiempo, ritmo y baile… pues a veces pareciera que solamente un lunático decidiría vivir mil veces este planeta… o quizá sólo el loco que en una sonrisa encontrase bastante consuelo como para borrar por un instante los sucesos del mundo, para después seguir viviendo de ese pedacito de eternidad. Entonces, ¡que tanto el sueño como el amor sean los señuelos para pescar desde el cuerno de la luna gestos de esperanza, paciencia y simpleza!

Pero más allá de romanticismos melosos, cierto es que las luchas de los pueblos toman su sazón de estos tres últimos ingredientes: la esperanza que anida entre la realidad, pues  esta no se define sólo por la dicotomía del ser y la nada, sino que también existe y se materializa en aquello que “puede ser”; la paciencia aprendida tras reconocer que venimos de la centenaria violencia del poder virulento y opresor humano; y la simpleza que basta para avanzar paso a paso, sin que nos fustigue la fatiga de ver avanzar a lo lejos el horizonte de la utopía.

Ingredientes que se obtienen ciertamente al tomar un baño de luna llena: con su tenue luz que nos acaricia al mismo tiempo la piel y el alma; gratuito consuelo tras la cegadora hiel del fuego abrasador que las violencias nos pululan; bálsamo curativo de las ámpulas de sentir como propio el sufrimiento ajeno; antídoto contra las ínfulas soberbias de creerse con luz propia, soberano.

La belleza de la luna es lumbrera de la obscuridad más honda de la noche, de la misma forma que mientras más negro pinta el panorama, más necesaria se hace sacar la casta de la lucha.

La luna no es sólo un adorno inspirador y necesario, que lo es, porque es tan única como la soledad. Por el contrario, su paradójica trascendencia radica en que nos permite caminar, navegar, liberar, ir de nuevo, incluso en medio de la obscuridad, mientras nos vamos acercando a la lapidaria luz del día que nos deja ver todo como es, en su asertividad y severidad.

Aquella “necesidad” de su belleza, significa la fina apertura de apreciarla y de recrearla en la inspiración del arte, en lo diáfano y en lo siniestro, lunas musas de la lucha. Pero su abstracción no es algo inútil, sino una necesidad de traspasar lo mundano, pan y tortilla del espíritu, que nos consuela de las inclemencias de las violencias al plasmarlas en eso tan único e íntimo como el capricho del arte, que nos acaricia los ojos y abraza la esperanza.

Luchar significa llevar la vulnerabilidad como coraza, humildad de lo irremediablemente humano. La fortaleza radica en la permeable sensibilidad ante los contextos de otredades esparcidos por el tiempo y el espacio incógnitos, como cráteres lunares. Luchar es sentir, a corazón abierto como astro sin atmósfera, y con la cabeza tan fría como la luna; resguardando las estrategias de respuesta en el manto sigiloso de la asertiva palabra que nace de la apacible reflexión nocturna.

Luchar es rebelarse ante lo intolerable, como cuando la luna sale de día ante el sol, afrontando su poder atroz, con la dignidad desafiante, resistiendo la gravedad de la que es capaz el destello de su arma letal. Luchar es construir la verdad aún en la obscuridad, a veces levantándose de entre ruinas y cenizas, reivindicando para sí un dolor resignificado, que despoje al truhán agresor del gozo cruel de su pírrica victoria.

Luchar es renovarse ante la inclemencia, desvanecerse y crecer a trasiegos, reconociendo que somos diferentes día a día, no tanto por el lento y rutinario paso del tiempo, sino por las relaciones que guardamos respecto a las otredades que nos interpelan y habitan, que nos transforman en sus sueños por un mundo mejor, o cuando menos, habitable, soportable.

Sin embargo, la luna no es estrella fugaz ni pasajera la lucha, pues no decae ni traiciona por el hecho de ser tan inasible como inagotable. Es sonriente nostalgia de una vida nunca acabada, cuarto menguante y otro creciente, o a veces escondida y renovada, otras pletórica y radiante.

Será paradójica pero nunca una mentira la soledad ni de una ni de otra. Será descabellada la idea de mirar la cabeza calva de la luna, y como para arrancarse los pelos por las impotencias de la lucha, pero no es inerte la paradoja ni ingenua la locura, pues ambas mueven, sino montañas, sí los vientos y las mareas, el rumbo, de los vaivenes de la historia. Desquiciada quizá, pero nunca desamparada, la persona que cree en los espíritus noctámbulos de la luna y de la lucha.

Tal como el loco que mira la luna y le habla, la lucha es a simple vista incomprendida, es un gozo a veces inexpugnable y, las más de las veces, imperceptibles los pasos de la humanidad. Los sueños insomnes nos cautivan y albergan una paradójica soledad, porque la lucha como la luna es tan árida como hermosa.

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*Quique Vidal Olascoaga, entre sus facetas, actualmente es defensor de derechos humanos para los pueblos y personas migrantes desde Chiapas, México. Ha sido profesor y abogado, pero con el tiempo ha aprendido de las luchas y los lenguajes de los pueblos desde otras latitudes y horizontes. Igualmente es un permanente antropólogo frustrado.

Una primera versión de este texto apareció en el #161 de Tachas, suplemento cultural dominical del sitio Eslocotidiano.com el 10 de julio de 2016.

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