Las culturas del Rock: después del 2016

por Héctor Gómez Vargas

El tiempo es un océano, pero acaba en la orilla.
-Bob Dylan

Desde que comenzó el 2016, la música rock hubo de encarar su destino como producto histórico y cultural: su final o su mutación. En ambos casos se anuncia para el rock una alteración de dimensión amplia, civilizatoria. Dos tempranas noticias lo anunciaban.

En primer lugar, la muerte de algunos músicos en el 2015 y en los momentos iniciales del 2016 hacía pensar a más de un crítico de la cultura musical que el rock encaraba un momento de disolución. Algunos de sus músicos más emblemáticos no solo eran unos ancianos, sino que estaban muriendo, lo cual era, para algunos, el fin de una era del rock, y, para otros un lapso de suspenso, de incertidumbre, aunque con un inevitable final próximo ante la muerte de toda una generación de iconos. En segundo lugar, algunos críticos de la cultura musical nos recordaban que en el 2016 se cumplían cincuenta años de uno de los periodos más productivos y determinantes de la historia del rock, pues en 1966 se creó una diversidad de obras que no solamente mostraba la madurez del rock and roll, sino que evidenció se estaba transformando en otra cosa: dejaba de ser and roll para ser solamente rock, y a partir de entonces fue posible hablar de las culturas del rock y todo lo que se construyó desde mediados de los sesenta del siglo XX a partir del médium de la música rock.

Ambas noticias tienen un punto de contacto: un encuentro con el destino de la música rock que no solamente puede significar su fin, sino una nueva experiencia estética y mediática con ese mundo creado desde finales de los cincuenta y hasta finales del siglo XX. En otros términos, es la importancia de considerar, otra vez, que el rock ha entrado a otra fase después de los años de construcción de las culturas del rock, y que desde la década de los cincuenta se venía mencionando a su manera cuando Buddy Holly murió el 3 de febrero de 1959 y se declaró que el rock había muerto, algo que sucedería en otros momentos con la muerte de otros músicos como John Lennon, Kurt Cobain, Michael Jackson.

A la sistemática visión de que el rock ha muerto, como lo dijeron The Who o Jim Morrison, por mencionar solo a algunos, igualmente se ha considerado y declarado que el rock ha pasado en varias ocasiones a otra cosa por lo cual lo que se produce a partir de determinado acontecimiento o suceso ya no es música rock, es otra cosa, la sensación creciente de que se está en una condición de “después del rock”. Es lo que muchos consideran que sucedió a partir de sucesos dentro de la historia del rock como la aparición del Sgt. Pepper a partir de mediados de 1967, o de la irrupción del movimiento punk en Inglaterra en 1976, acontecimientos que no solamente afectaron a los linajes y tradiciones de la música rock, sino igualmente a la cultura y el arte en general. En este tipo de visiones la música rock no muere, pasa a ser otra cosa, incluso en la fase que va al iniciar el siglo XXI que, en la mirada del crítico inglés Simon Reynolds, se observa una tendencia dentro del rock de pasar a otros principios de producción musical muy diferentes que lo caracterizaron durante el siglo XX, a lo que hemos conocido como rock y que ahora podemos llamar rock clásico y sus derivados.

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La evidencia de la creciente muerte de una generación de músicos de rock, aquellos que estaban activos y creativos en los sesenta y setenta, hace pensar que más que la muerte del rock, estamos en una condición de “después del rock” porque algo está concluyendo con sus muertes, pero algo está sucediendo sin saber claramente, por lo menos en estos tiempo, para dónde van las cosas. Quienes murieron en el 2016 fueron una muestra de algo que está en obra, de lo que está viniendo y que nos estará impactando en los próximos años en lo social, pero igualmente en lo biográfico porque con ellos está muriendo lo que fue parte de la vida personal con la que muchos crecimos y nos definimos como personas, como sujetos de nuestro tiempo, como bien lo hace ver el filósofo inglés Simon Critcheley en su libro Bowie cuando habla de su primera experiencia con la música de David Bowie a los doce años de edad: “Mi vida había comenzado”.

La muerte de los músicos de rock durante el 2016 tiene un sabor de despedida. En este caso, no son cualquier cosa porque hemos entrado en un gran ola de despedidas de todos aquellos que han sido nuestros contemporáneos, es decir, de aquellos con quienes se crearon una diversidad de espacios y ambientes sonoros que compartimos y por los cuales hicimos nuestro una experiencia en el tiempo, el tiempo de la cultura que se edificó a finales del siglo XX. En lo personal, el 2016 fue un año de despedidas, algo que no solo fue al compartir noticias y reacciones sobre la muerte de músicos como Keith Emerson, David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Carl Palmer, George Michael, sino porque igualmente hubo encuentros con la música de varios grupos musicales que para mí y para un grupo de personas pareció un rito de despedida, de que después de esa gira no habrá más.

El grupo inglés The Who nunca vino a México, sino hasta finales del 2016. Durante el concierto Pete Townshend lo dijo explícitamente y dio a entender que lo lamentaba. Pero nunca dijo que regresarían, más bien fue la sensación de que estaban en una larga gira de despedida definitiva porque, a diferencia de otras giras de despedida que tuvieron, en esta ocasión es complicado que pueda haber giras en el futuro, por la edad y las enfermedades de los dos miembros originales del grupo. Algo similar fueron los conciertos de Brian Wilson, como parte de una prolongada gira de despedida como músico, y gracias a los cuales, después de cincuenta años, en México se pudo escuchar los grandes éxitos del repertorio de los Beach Boys, entre ellos su enorme “Good Vibrations”, pero sobre todo su gran obra, Pet Sounds. Ver ambos conciertos fue como saber que se había participado de algo amplio y que se pudo tocar en una orilla del tiempo, antes de pasar a otra cosa.

Pero el acontecimiento que en lo personal me llevó a pensar que en el 2016 hemos presenciado un tránsito a otro ámbito de la cultura con la música de rock no fue a través de la muerte de un músico, sino una especie de retorno y salto a otro ámbito de experiencia de la cultura moderna.

Cuando murió Bowie, les pregunte a los miembros del grupo de Facebook del Seminario Estéticas del Rock que a su entender la muerte de qué músico del rock representaría que el rock como lo hemos conocido estaba muriendo, y la respuesta de mi amigo Beto Cronopio fue simple, clara y contundente: la muerte de Paul McCartney y/o de Bob Dylan. Meses después, el día posterior a la presentación de The Who en la ciudad de México, a Dylan le fue otorgado el premio Nobel de Literatura del 2016, y aunque se desató la polémica en los ámbitos literarios, para mí fue comenzar a pensar que la música de rock ingresaba a un ámbito diferente en el tiempo de la cultura contemporánea, y con ello hay una diferenciación importante con la cultura moderna, aquella que aconteció en las últimas décadas del siglo XX.

En mi opinión, el premio Nobel de Literatura a Dylan es el reconocimiento de lo que la cultura del rock constituyó para la cultura moderna y señala el desplazamiento hacia la contemporánea, donde la música se produce y se consume de otra manera muy diferente, y donde lo que se dice y se expresa a partir de la música rock igualmente es un tanto diferente. Tres ideas me llevan a pensar lo anterior, ya que la obra de Dylan se fue abriendo a lo largo de su trayectoria como músico profesional, y su obra se abrió y discurrió por diversas experiencias culturales en el tiempo.

En su libro Ruidos, Jaques Attali propone que la música habla del futuro porque se adelanta al presente ya que ordena el ruido que solo será el sonido colectivo más adelante. Por ello expresa que música como la de Bob Dylan tiene algo de futuro y, junto con la obra de otros músicos, se adelantó a los conflictos sociales, políticos y económicos de finales de los sesenta y de los setenta, y en su obra es posible tener un material de consulta mejor que el de un tratado político de esa época. Por otra parte, David Yaffe, en su libro Bob Dylan, se detiene a pensar sobre la voz de Dylan, una voz impensable para el rock pero que, como la imagen de Bowie desde sus inicios como músico y hasta su muerte, se modificó a lo largo de su carrera musical y en ese cambio no solamente se tiene las transformaciones de la edad, sino igualmente de su obra y de lo que expresaba su obra conforme el tiempo y la cultura se transformaban, incluso en el siglo XXI. La voz de Dylan fue uno de los procedimientos para habitar y no perecer en un presente que se deshace continuamente. Finalmente está esa visión de la poesía norteamericana que ofrece Marcelo Covian en su libro Nueva poesía U.S.A. De Ezra Pound a Bob Dylan en la que, como lo manifestó en su momento Allen Ginsberg al considerar a Dylan como el heredero del legado poético de los miembros de la generación Beat, se ubica a la obra de Dylan dentro de una tradición poética norteamericana que se remonta a Walt Whitman.

En tránsitos como el anterior se puede observar aquello de lo estamos dejando de ser contemporáneos con la cultura del rock del siglo XX, pues hoy se procede a ordenar los ruidos del presente y que en el mañana sabremos con mayor claridad quiénes hablaron de los tiempos actuales, aquellas voces que con sus cambios modularan las transformaciones que se estarán experimentando, y esa voz que permita mantener una continuidad con todo un legado que ha formado la cultura del rock.

Para finalizar

                                                               El árbol de la vida crece donde el espíritu no muere.
-Bob Dylan

Tocaría finalizar señalando que pensar la música en el 2016 es muy diferente a como se pensó o podemos pensar el 1966, aunque hay un punto de continuidad. En 1966 algo se estaba construyendo, eran los momentos iniciales de su propio big bang, y escribir sobre su presente implicaba mirar hacia un pasado donde solo se podían ver algunas de sus raíces y primeros momentos para entender lo que se estaba creando. Pensando a la manera del historiador francés Michel de Certeau, fue hacer un esfuerzo por mantener un presente que discurría, y una de las formas de hacerlo fue a través de crear un mito que cubría la ausencia de una historia. De ahí la importancia de la prensa y la industria del espectáculo para hablar del pasado y del presente del rock como uno de los principales para hacer presente al rock en nuestras vidas.

Pero hoy, pensar 1966 o lo que fue el rock, implica hacer presente esos pasados del rock y de su cultura, revisarlos con otras historiografías y miradas estéticas, política, mediáticas y culturales. Es decir, toca preguntarse sobre lo que fue el rock como cultura en esos cincuenta años, explorar que nos ha hecho y que hemos hecho con el rock, y ello implica un esfuerzo de crítica y estudio cultural importante y serio, como cuando se estudia a la literatura, a la poesía o al teatro. Como hace Jacques Rancinere en su libro El hilo perdido, que desde la filosofía contemporánea reflexiona lo que ha sido de nosotros con y por la ficción moderna, y lo que está pasando a partir de que la modernidad se ha cimbrado y se ha transitado a otra cosa, a algo distinto.

Me parece que eso sería bueno que aconteciera: revisar el futuro que se está construyendo al regresar a visitar y traer al momento contemporáneo los diversos presentes de la música rock y pensar desde ahí que se construyó, que se está construyendo. Por ejemplo, y recuperando en largas conversaciones con mi amigo Esteban Cisneros, encarar preguntas que los mitos del rock no han permitido plantear para observar las respuestas que pueden dar pistas que nos puedan decir qué más sigue porque se ha sido mucho más de lo que hemos pensado: ¿Pet Sounds es el mejor disco de la historia, más que Sgt. Pepper? ¿Pepper realmente abrió el mundo del rock y lo llevó a una madurez o, más bien, selló y clausuró lo que era posible porque algo más amplio se estaba formando?

Preguntas sobre el futuro, sobre los varios presentes y sobre los legados del pasado del rock.  Por ejemplo, en el 2017 vienen los cincuenta años del Sgt. Pepper. Más allá de lo que ya se ha dicho muchas veces, ¿hay algo más por decir?

Por el momento, me quedo con una pregunta para explorarla durante el 2017: ¿Qué implicaciones tendrá como experiencia literaria el acceder a la obra del premio Nobel de Literatura del 2016 a partir de escucharla a través de canciones y no necesariamente a partir de los libros?

*Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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