Fixing A Hole (o de las múltiples vidas del Sgt. Pepper)

por Héctor Gómez Vargas*

I’m taking the time for a number of things
That weren’t important yesterday
And I still go

I

¿Cuál fue el primer disco que compré? Al parecer mi memoria es confusa, o algo de mí me juega una trampa, porque desde hace años la primera imagen que tengo cuando pienso sobre el primer disco que compré es Let It Be de los Beatles, cuando tenía trece años. Pero al poner a funcionar la memoria tengo recuerdos varios como aquel de cuando tenía seis o siete años y acompañé a uno de mis hermanos a una tienda de discos y me compró un EP de los Hermanos Carrión porque -me dijo mi hermano- esa canción donde hablaban de las cerezas que ya están maduras me gustaba mucho entonces. Pero igualmente recuerdo un viaje a la ciudad de México y vi un programa de televisión con Javier Bátiz y me impactó la canción que ponían de fondo; al regresar fui a la tienda Libros y Discos y compré el EP de “Immigrant Song” de Led Zeppelin.

¿Fue mi primer disco aquel que alguien me compró porque decían que me gustaba una canción o fue aquel que compré porque me gustaba una canción? ¿O fue aquel disco que cuando cumplí trece años, con el dinero de mi regalo de cumpleaños, fui a comprarlo porque la música de ese grupo, y ese disco en particular me gustaba y lo quería tener? No me queda claro de si se puede aplicar eso de “infancia es destino” porque mis primeros recuerdos son de cuando tendría entre seis y doce años, es decir, a mediados de los sesenta e inicios de los setenta; pero cuando cumplí trece años las cosas eran otras porque para esos momentos comenzaba a introducirme en el rock a través de la música de los Beatles.

Recuerdo que el día de mi cumpleaños, después de comer, me fui caminando hasta la plaza principal. Hice el recorrido que haría por años: revisé todos los quioscos de revistas y después me dirigí a la tienda Libros y Discos; me paraba frente al mueble donde ponían los discos de los Beatles y ahí me encontré con Let It Be. Con el encuentro con ese álbum sí podría decir que correspondería a algo así como “adolescencia es destino” porque cuando tomé el álbum entre mis manos la emoción era extrema, pues era la edición especial que incluía el libro de las memorias de la película. Puedo decir que en esos momentos algo en mi fue “tocado por dentro”, como expresa el historiador alemán, Hans Ulrich Gumbrecht para hablar de la experiencia estética que produce la música, porque en ese momento algo en mí despertó, se encendió y me hacía sentirme entusiasmado, despierto, prendido.

Recuerdo que esa tarde regrese a mi casa y me sentía feliz. Lo primero que hice fue buscar a mi madre para mostrarle mi regalo, y cuando se lo mostré se volvió hacia mí sonriendo y me lo devolvió, y su sonrisa era de esas que parecía decir algo así: “ya se para dónde vas”.

II

¿Cuándo escuché por primera vez el Sargento Pimienta? Más que tener una idea clara de cuándo escuché el disco por primera vez y la impresión que obró en mí, lo que recuerdo es la presencia del disco en mi casa de la infancia y la adolescencia. Es decir, como si siempre hubiera estado ahí, como si fuera parte de los objetos presentes como la televisión, el comedor, los autos, el tocadiscos, la radio. Algo como lo que me sucedió con la misma música de los Beatles que escuché a finales de 1963 y que desde entonces fue parte del ambiente sonoro ordinario.

Desde que comencé a tener uso de razón, siempre hubo algo de los Beatles en mi vida, al igual que la televisión, el cine, el fútbol, las revistas, los Gansitos, los yo-yos, las canicas, los autos, las bicicletas. En el caso de los Beatles su presencia se debió a mis hermanos, en especial Juan Carlos, el primer beatlemaniaco de la familia, ya adolescente cuando los Beatles llegaron a Estados Unidos en febrero de 1964. Se preparaba para ingresar a la universidad en junio de 1967, cuando Pepper salió al mundo.

Lo que recuerdo de esos tiempos es que mis hermanos escuchaban la estación de radio XERW, que transmitía canciones de rock en inglés. Tengo la idea de que mucha de la educación en música pop de los sesenta e inicios de los sesenta en mi casa fue por esa estación de radio, junto con StereoRey. Mis hermanos compraban álbumes del momento que se escuchaban en un viejo mueble al que se le conocía como consola porque además de tocar discos, se podía sintonizar estaciones de radio y ver televisión. La revolución en la casa fue cuando mi padre compró un aparato más moderno a principios de los sesenta en el que se podía escuchar lo que se conocía como cartuchos, el antecedente de los audio-cassettes, y fue ahí donde escuché la música que compraban mis hermanos.

Cuando entendí que la música de los Beatles era algo que me gustaba y que quería saber más y escuchar sus discos, lo primero que hice fue revisar la discoteca familiar y lo que me encontré fue un disco que siempre había visto, que me llamaba la atención por lo atractivo de la portada pero lo dejaba pasar: además de que me daba la sensación de un disco viejo, por lo maltratado de la funda, me sonaba a antiguo porque estaba maltratado de tanto ser escuchado. Era el Sargento Pimienta. Recuerdo que lo rescaté de entre un montón de discos viejos y maltratados y me puse a escucharlo. Quedé pasmado como puede quedarlo un adolescente de 13 años de principios de los setenta. Escucharlo completo, con atención de principio a fin, fue otra cosa distinta a la manera como había escuchado a los Beatles anteriormente: como música de fondo, como una serie de canciones que se ponen de acuerdo al estado de ánimo, porque es la canción más reciente.

Igualmente recuerdo que yo estaba solo en la casa, que era de tarde, y como todas las tardes así, había algo vivo en el ambiente que se movía por todas las habitaciones. Cuando concluyó “A Day In The Life”, me quedé en silencio unos instantes sin entender claramente. Eran otros Beatles a los que conocía, según yo. Volví a escuchar el disco y, al concluir, lo tomé y me lo llevé a mi habitación. Decidí que desde ese momento sería mío. Por ello creo que fue mi primer disco, un disco que heredaba porque había sido abandonado en casa. Necesitaba información, necesitaba confirmar algo que estaba despierto en mí y que no entendía, solo que quería saber más de los Beatles y del Sargento Pimienta.

Para entonces, mi hermano Juan Carlos, quien había comprado el disco, estaba en la universidad y cada fin de semana regresaba a casa. Sabía que él me podría platicar sobre el Sargento Pimienta. Cuando lo vi, le pregunté y su reacción me desconcertó. Me dijo que para él los Beatles eran los de la primera fase, cuando tocaban rock and roll, que los del Sargento Pimienta era otra cosa y eso ya no le latía, no le interesaba. Lo que yo había descubierto era algo distinto: la música de los Beatles que se abría con el Sargento Pimienta era el que más me decía cosas, lo que más me interesaba, lo que quería explorar.

Cuando eso sucedía, los Beatles ya se habían separado uno o dos años antes. Eso me hizo que yo fuera un post beatlemaniaco, mientras que mi hermano creció desde la adolescencia como beatlemaniaco. Pasaron muchos años antes de entender lo que había dicho mi hermano, y de entender que el mundo de los Beatles era parte de una obra y la creación de una cultura musical, algo que me queda claro ahora que se cumplen 50 años del Sargento Pimienta.

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III

¿Cuántas veces he escuchado por primera vez al Sargento Pimienta? Quizá habría que pensar que no necesariamente hay una primera vez para escuchar una canción o un disco, sino múltiples primeras veces y que eso es lo que ha hecho que la música rock haya permanecido por décadas y que estemos todavía en algo así en tiempos del streaming y de las descargas.

Cuando mis padres vieron que la música comenzaba a ser importante para mí porque me la pasaba escuchando discos en el estéreo familiar, en la radio, o buscando programas de televisión, mi padre me hizo un regalo maravilloso: una grabadora portátil simple, con una bolsa donde había tres audio-cassettes. El asunto era cómo grabar música en los audio-cassettes. En un primer momento se solucionó cuando me cambio la grabadora por otra que tenía integrado un dispositivo para sintonizar estaciones de radio. El otro asunto era que yo quería escuchar mis discos y la solución fue que, buscando en cuartos de objetos desechados en la casa, me encontré un tocadiscos portátil que todavía funcionaba y me lo llevé a mi cuarto. Entonces vino algo mágico: colocaba el disco, encendía la grabadora y esperaba que durante media hora no hubiera ruido alguno en la casa, porque de haberlo, habría que volver a intentarlo una y otra vez. El primer disco que grabé fue el Sargento Pimienta y nunca pude evitar que quedarán registrados sonidos de la casa, como la voz de mi madre que llegaba a casa y se ponía a platicar con alguien. Así fue como escuche por primera vez al Sargento Pimienta en un adio-cassette.

El disco del Sargento Pimienta que heredé de mis hermanos tenía un defecto: la canción “Good Morning Good Morning” estaba rayada, algo que por mucho tiempo no me importó porque escuchaba el disco original y eso no era cualquier cosa, hasta que un día decidí comprar una nueva edición del disco que escuché por muchos años. Ese disco era, por decirlo así, MI disco del Sargento Pimienta, e igualmente tenía algo de especial para mí, pero años después lo regalé cuando ya no tenía aparato reproductor porque los CD’s los habían aniquilado. En esos años la idea era clara: los discos eran cosa del pasado, había que pasar a los CD’s y durante otro buen de años las cosas fueron así. Los discos, antes conocidos como acetatos, quedaron como parte de los objetos viejos, guardados, o fueron regalados en su mayoría, como fue mi caso, y el de muchos amigos. Lo que sí, es que compré mi CD del Sargento Pimienta y la idea ha sido escucharlo una vez al mes. Por lo menos.

Pese a la presencia de los CD’s, guardar o abandonar los discos fue como ingresar a una amnesia de la vida personal y esto me quedó claro cuando compré un aparato con el cual podía volver a escuchar discos, al igual que CD’s, audio-cassettes y mp3. Los discos que conservé estaban en una caja y por el tiempo transcurrido no tenía claro cuáles tenía, por lo que fui a revisar. Había muchas, muchas cosas que ya no estaban, y había otras cosas que todavía estaban ahí. Recuperar el primer disco de Lennon fue como recuperar mi memoria. Saber que ya no estaba el Sargento Pimienta (y muchos discos más) fue tener claro que la energía con la que había vivido muchos momentos al escuchar música en mi vida parecía como si hubieran sido hojas secas de un árbol que se habían desprendido y marchado con el viento. Tengo claro que esa imagen puede parecer cursi, pero esa es la imagen que me llega cuando pienso todo ello.

Aunque pude recuperar al Sargento Pimienta. Decidí ese mismo día ir a comprarme el disco, y lo hice junto con el  de Abbey Road y el álbum blanco, y en esta ocasión fue un disco importado. El primer disco que escuché en mi nuevo aparato reproductor fue el Sargento Pimienta. Me quedé pasmado. Todo un mundo de mi pasado retornó de golpe y de una manera completamente diferente a como sucedía con mi viejo CD. Algo fuerte, muy fuerte me tocó internamente.

¿Cuántas veces he escuchado por primera vez al Sargento Pimienta? He perdido la cuenta, pero ha sido parte de muchas historias desde hace cincuenta años y mucho ha dependido de la forma como ha estado presente en mi vida, y su presencia en el mundo digital ha inaugurado otras formas de haberlo escuchado por primera vez.

IV

¿Cuántas veces ha cumplido cincuenta años el Sargento Pimienta? El primero de junio del 2017 cumple cincuenta años de que salió al mercado. Sí, pero hoy son tiempos diferentes para la música rock, por ello es importante preguntarse: ¿de qué se habla cuando se habla de cumplir cincuenta años?

De acuerdo con cierta historiografía, para escribir la historia de algo o de alguien hay que esperar cincuenta años para que la distancia en el tiempo permita ubicarlo como un hecho o un acontecimiento histórico. Pero hay de acontecimientos a acontecimientos. Hay aquellos que se asumen como únicos porque rompen con lo de todos los días o lo que todos creían conocer. De esos que la gente cree que se experimenta por primera y única ocasión. Hay otros, que solo con el tiempo se puede reconocer que eso que sucedió parecía ser de esos acontecimientos que no cambio nada, pero lo cambio todo. Y hay otros más que solo cuando se percibe a lo largo de varias generaciones, se reconoce su alto y profundo impacto porque afectó a la cultura.

¿No es lo que ha sucedido con el Sargento Pimienta? Dentro de la música rock es claro que varios discos han tenido el impacto de afectar de inmediato la forma de crear y apreciar la música de rock, pero hay otros que su impacto lo han prolongado a lo largo de las décadas y algunos de ellos se han convertido en marcadores históricos tanto del rock como de la cultura contemporánea del siglo XX. Cuando hay críticos de la música de rock que hablan de la época post Sargento Pimienta para diferenciar lo que era antes y lo que sucedió a partir de entonces, lo expresan así porque su presencia a nivel mundial ha sido usado como diversos y diferentes formas de observar a la música de rock en el tiempo, algo que en lo personal ha sido claro a través de las múltiples primeras veces que lo que escuchado a lo largo de mi trayectoria de vida y que ha permanecido dentro de mi narrativa biográfica.

Pero cuando escucho al Sargento Pimienta en mi celular porque lo he descargado de un sistema de streaming, y cuando gracias a mi amigo Beto Cronopio he escuchado el disco de lanzamiento por sus cincuenta años (y lo he vuelto a escuchar por primera vez en este año en dos ocasiones, dentro de la era digital) la presencia del álbum y sus cincuenta años lleva a pensar que no solo ha permanecido, sino que hay un retorno bajo otra manifestación de una cultura histórica, la que proviene dentro de un entorno transmedia, en una cultura global, y dentro del ciberespacio. Es decir, lo que ahora tenemos es como aquel fenómeno del que habló Walter Benjamín del París del siglo XIX, una alteración del “entorno objetual” por el cual la experiencia con el tiempo histórico de siglos pasados dejaba de tener vigencia y se abría a otro tipo de experiencia, inédita y desconocida para ese entonces, por lo que la presencia como objeto material y como dato digital del Sargento Pimienta, lo hace incluirse dentro de un cambio de cultura histórica y de experimentar el tiempo, un pasado que retorna y vuelve a fundar una experiencia en el presente.

Tarde descubrí la discusión de si el Sargento Pimienta ha sido el mejor disco de rock de todos los tiempos. Para mí ha sido más importante el hecho de que su presencia ha estado a lo largo del tiempo y, más allá de si es mi disco favorito de los Beatles, me queda claro que es una voz especial y diferente de la música que no es posible dejar de lado ni dejar de prestarle atención. Pero además me ha dicho muchas cosas internamente y ha sido todo una guía sentimental desde mi adolescencia. La idea que tengo es que lo que sigue es otra fase de esa presencia del Sargento Pimienta, más allá y a partir de la cultura histórica del rock que lo creo y lo vio andar cruzando el siglo XXI.

Algo vuelve a comenzar con su retorno.

HGV
Mayo 2017

*Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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